La Paulonia no conoce los muros de piedra de Thyrken ni el hedor a carnicería de sus campos. Es un remanso de fresnos milenarios y paulonias de hojas enormes, un asentamiento que confía su suerte a la paz de los antiguos y al susurro del río.
Es la tranquila mañana de Zamalis, el día consagrado a los guerreros de voluntad de hierro, aunque aquí el acero aún descansa en las vainas. Una carreta chirría pesadamente por los senderos, custodiada por Don Ulfvairn, Maestro Forjador de la Orden. No trae grano para los silos, sino el oro del Magister, la ciudad-monasterio donde la fe de los Caballeros se templa con fuego y disciplina.
A leguas de allí, Almalux y los suyos cabalgan entre cadáveres, pero en La Paulonia los héroes aún son extraños entre sí, separados por valles de avena y la voluntad de Thyr. No saben que el tintineo del metal noble es un faro en la penumbra de Ilumaiya, ni que el oro del Puesto del Sur no ha venido a comprar hilos finos, sino a financiar el último banquete antes de la tormenta.
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Los rayos dorados de la mañana se filtraban entre las copas altísimas de los árboles de paulonia. Erguidas como columnas ancestrales, daban nombre y sombra al apacible asentamiento.
La Paulonia no era un baluarte amurallado, ni una ciudad fortificada como la lejana Thyrken. Era un puñado de sencillas cabañas, la mayoría circulares de adobe y piedra con techos de paja, otras de madera más rica pertenecientes a los Trokones. Se extendía sin empalizadas ni defensas visibles, una trama de huertos y corrales que se fundían con el entorno, confiada en su aislamiento y en la paz interna de los Thyrianos. Solo el modesto Templo de Thyr, con su altar de piedra tosca, y una gran posada de madera se alzaban como señas de su importancia. El Thysan, el salón de Asamblea, dormitaba bajo la luz matinal.
En aquel escenario de calma, donde el zumbido de los telares y el murmullo del afluente del río Irkan eran los únicos sonidos que rompían el silencio, una carreta de viaje se abría paso. Tirada por un par de búfalos fornidos de cuernos relucientes, cargaba sacos abultados de monedas y lingotes apenas cubiertos por viejas mantas: el fruto de la labor del Magister, destinado al intercambio con los bienes que La Paulonia producía.
Sobre la carreta, dos Aspirantes a Caballero se aferraban a sus posiciones. Eran jóvenes, sus rostros aún lampiños, sus movimientos todavía torpes con las espadas cortas y los escudos ligeros que portaban. Detrás, a paso firme, cabalgaba el joven Don Jofred de Sukudadur, un Caballero de la Orden que realizaba su primera misión, uno de esos hombres que buscaban un lugar en el frente del sur con la esperanza de ser admitidos al Puesto de los Cardinales.
Delante de todos, imponiendo su presencia sobre un caballo blanco de crines salvajes, cabalgaba Don Ulfvairn. Era un roble en la silla: su armadura relucía bajo el sol, el emblema del Martillo de Thyr grabado en su gran escudo y sobre su tabardo. En una mano blandía un martillo de guerra de proporciones brutales, el arma de un Maestro Forjador que ha visto demasiados inviernos como para necesitar palabras.

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Don Ulfvairn colgó el martillo en el arzón y se giró a medias, tendiendo el brazo hacia atrás con la palma abierta. Don Jofred leyó la señal y arrimó su caballo hasta ponerse a su altura.
—No encontraréis Herthyr ni Caballeros aquí —dijo Don Ulfvairn, sin apartar los ojos del camino.
—Era de esperar. En las tierras del interior, como en mi hogar, no hay otros peligros que las bestias salvajes ocasionales, y de esas cualquier Thyriano sabe despacharse con un hacha o una lanza —respondió el joven caballero, con ese tono de quien cree haber dicho algo profundo.
—Así es. Y precisamente por ello, ver gentes como nosotros llama la atención. Y mucho más cuando detrás asoma el cargamento que traemos. —Don Ulfvairn alzó levemente el mentón hacia la calle— Mirad: ya se acercan los pequeños. Luego vendrán las mujeres, y al final tendremos que abrirnos paso con mucha educación y poca prisa.
Don Jofred retiró con suavidad a un niño que había puesto las manos en el flanco de su caballo, mirándolo con una mezcla de curiosidad y cautela.
—Entiendo que pocos de los que aquí nacen aspiran a la Clase de los Herthyr. Pero… ¿y a la nuestra?
—En La Paulonia, como en los demás poblados del interior, no hay necesidad de prepararse para la guerra, por eso no hallaréis Herthyr en estas calles. Pero aspirantes a la Orden… —hizo una pausa breve, casi divertida—, esos los encontraréis en abundancia. El porte de un Caballero y la promesa de aventuras siempre hace hervir la sangre thyriana. —Señaló con la barbilla hacia la carreta que rodaba tras ellos, donde Arkel y Volmar conducían los bueyes con la seriedad torpe de quien ya ensaya el gesto del héroe—. Ahí tenéis la prueba.
El rumor de la carreta se había extendido como una oleada por el pueblo. Las gentes de La Paulonia, atraídas por la promesa del Magister y los Caporales de Oro, comenzaron a congregarse. Los Aspirantes se afanaron en controlar la creciente multitud mientras Don Ulfvairn desmontaba con un golpe sordo de botas en el barro.
El Maestro Forjador recorrió con la mirada los primeros puestos. Le extendían rollos de tela teñida con pigmentos vegetales, mantas de lana y prendas bastas. Útiles, sin duda, pero no lo que buscaba.
—Estas telas no aguantan la disciplina de la Orden —gruñó, pellizcando un paño de lino grueso que un comerciante le tendía—. La Orden necesita telas resistentes como los hombres que forjamos. Busco el hilo ese que dicen que tejéis aquí, fresco como la brisa del Irkan y resistente como la corteza de vuestros árboles. Sábanas que no se deshilachen con el lavado contra la piedra y ropas que aguanten el sol y la lluvia de la frontera.
El comerciante, un hombrecillo de ojos pequeños y astutos, se encogió de hombros. —Esas prendas se hilan para los señores Trokones, mi señor. Lo que tengo es el trabajo de nuestros artesanos Mardu. Lo que buscáis, si existe, lo guardan los maestros.
Fue entonces cuando una voz clara cortó la conversación como un dardo.
—Los buenos hilos, mi Señor Maestro Forjador, no se encuentran en los puestos comunes ni en la vanidad de los ricos, sino en las manos de quienes tejen con el saber de sus ancestros. El arte no se compra con la prisa, sino con el respeto.
Don Ulfvairn se giró despacio.
Un joven se había acercado sin que lo notaran, cosa que ya era en sí misma digna de atención. Su figura era espigada pero erguida, con el tabardo blanco y dorado de los Caballeros Edin limpio de polvo y camino, el gran Martillo de Thyr en rojo brillante sobre el pecho, escudo al brazo y espada larga al costado. Cabello rubio oscuro, ojos azules de una calma que no correspondía a su edad. Los labios, sin embargo, traicionaban algo: una sonrisa contenida, como de hombre que sabe más de lo que dice.
—Don Niall, Caballero Edin de La Paulonia, se pone a vuestras órdenes —dijo el joven, con la disciplina que debía a un superior—. Conozco bien este pueblo, Maestro Forjador. Es mi hogar. Sé dónde encontrar el hilo que buscáis.
Don Ulfvairn lo midió en silencio. La mirada experta recorrió el brillo de la armadura, la firmeza de la postura, la juventud del rostro. No había esperado encontrar a nadie de la Orden en un lugar así. Mucho menos a un Edin en el corazón pacífico de La Paulonia, donde sus altas copas dan nombre al pueblo y los hombres tejen más que luchan.
Alzó una mano callosa y miró de reojo al novato, que seguía con los ojos muy abiertos, como si viera un águila posada entre gallinas.
—Fíjate bien, muchacho —dijo Ulfvairn con voz grave y medida—. Te dije que en el interior no hay guerreros ni gente de armas, porque aquí reina la paz y los hombres viven de la tierra y el telar. Y sin embargo, aquí tenemos a un Caballero Edin. No porque la calma se haya roto, sino porque la Orden extiende su mano incluso donde no hace falta. Los Edin no duermen en puestos fijos; caminan por los caminos y los valles, y cuando el deber llama, responden aunque sea en un pueblo de telares.
El novato asintió despacio, absorbiendo la lección sin pestañear.
Ulfvairn se volvió hacia el joven caballero. La multitud guardaba un silencio respetuoso; nadie osaba interrumpir a un Maestro Forjador ni a un portador del Martillo de Thyr.
—Don Niall de La Paulonia —dijo al fin, reconociendo el nombre con un leve asentimiento—. Un Edin en su propio hogar. Eso explica el tabardo limpio y la espada que no huele a frontera. Los de vuestra clase llevan el orden donde los puestos cardinales no llegan, y respetáis la jerarquía aunque no durmáis bajo el mismo techo que los demás. Me place verte aquí.
Hizo una pausa breve, como quien pesa una pieza de metal antes de golpearla.
—El hilo que busco no es para pendones ni mantos de ceremonia. Quiero tela que resista la marcha larga, que no se desgarre contra la piedra ni se pudra con la lluvia. Si conoces este poblado como dices, sabrás dónde guardan lo mejor. Muéstramelo.
Sin esperar respuesta, giró la cabeza hacia el novato.
—¿Ves, muchacho? Cuando se necesita un brazo, un Edin aparece como el roble que no se dobla. —Luego, con un gesto seco de la barbilla hacia el camino—: Anda delante, Don Niall. Llévanos donde tejen lo que aguanta de verdad.
Don Niall mantuvo su sonrisa, aunque en sus ojos azules ardía algo más hondo, como fuego bajo ceniza.
—El servicio a Thyr adopta muchas formas, Maestro Forjador —dijo con voz clara y sin prisa—. No solo el rugido de la batalla. La Paulonia carece de defensas y guarnición. Me crié aquí soñando con la protección de la Orden que nunca llegaba. Así que la traje yo. Mi rango de Edin me deja actuar sin ataduras de Puesto: organizo a la gente, adiestro a los jóvenes en el palo y el cuchillo, vigilo los caminos. Aquí no forjo mi nombre con sangre de monstruos, pero forjo mi carácter protegiendo a quienes no pueden solos.
Don Ulfvairn asintió despacio, con aprobación encendida en sus ojos veteranos. La respuesta era de un verdadero Caballero, no de un muchacho con tabardo limpio.
—Bien dicho, Edin —gruñó, y la palabra cayó como martillo sobre yunque—. Guíanos a ese hilo que prometes.
Don Niall se adelantó y señaló un sendero sinuoso que se adentraba entre cabañas dispersas, donde el murmullo del Paulonia se oía más cercano y el aire cargaba olor a fibra vegetal y cera caliente.
—La casa de Elara, la Hilandera. Sus manos guardan el don de los ancestros, Maestro Forjador. El hilo de corteza de las finas Paulonias es el más fino y resistente de todas las tierras de Thyrkur. No tiene puesto en el mercado; su fama basta como reclamo.

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Mientras los Aspirantes y el Caballero novato se quedaban con la carreta gestionando los intercambios menores, Don Ulfvairn y D. Niall se adentraron en el corazón más recóndito de La Paulonia. Elara era una anciana de manos callosas y ojos penetrantes que mostraron al Maestro Forjador con sencillez, y sin adorno, por qué su trabajo no tenía comparación posible. El hilo salía de sus dedos delgado como un pensamiento y resistente como la raíz de un fresno viejo.
Don Ulfvairn, con los rollos de hilo fino ya en manos de un joven Mabzar, exhaló un suspiro de satisfacción.
—Esta mujer, Elara, es un verdadero don de Thyr sobre la tierra —dijo, su voz más baja que de costumbre, como quien habla en un templo—. Pocas veces he trocado por telas de tan buen tacto y, con todo, bien poco quería recibir a cambio. La abundancia de este rincón de Unah es un bálsamo.
D. Niall escuchó con atención, sus ojos clavados en el veterano.
—Es la costumbre entre estas gentes, mi señor. Se sienten agraciados con lo que la naturaleza ofrece. Elara recibe viandas y leña sin moverse de su hacienda; la gente, agradecida por el primor de su trabajo, siempre se acuerda de ella. Su gozo es el arte mismo de tejer. Vuestros Caporales de Oro, sin embargo, serán bienvenidos para hacerse con mejores herramientas, o para trocar por hilos diferentes cuando los buhoneros lleguen el día de Lingan.
Don Ulfvairn asintió con parsimonia, su mirada recorriendo los techos de paja y el verde envolvente de La Paulonia como si viera más allá del momento.
—Así es nuestra tierra, abundante con quienes la honran. Mas un thyriano que ha de perdurar en estos tiempos ha de preguntarse más que lo que le llena el vientre: ha de saber los motivos ocultos que rigen el mundo. Si no entiendes por qué un árbol te da frutos año tras año, no entenderás por qué un buen día puede que no los dé. Nosotros, la Orden de Thyr, traemos esa luz: la de la comprensión y la preparación. La civilización es frágil, Caballero Edin. Es la atalaya que nos protege de la barbarie.
D. Niall se irguió un poco más, asimilando las palabras. —Y esa es la humilde tarea que intento con mis vecinos, mi señor. La Paulonia, en medio de todo y en medio de nada, a veces es olvidada por las urgencias de la frontera. Me alegra poder serviros. Y sabed que esperamos desde hace días la llegada del Clan de los Aveneros con sus primeros granos de la cosecha. Si no es demasiada la prisa, mi señor, os ofrezco mi morada para pasar la noche, y nuestro Eiwafi tendrá a bien abrir el Thysan para que no os falte sustento ni techo.

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Lejos, a más de una hora de cabalgada hacia el sur, en los vastos pastos que se extendían antes de la densa ribera del río, otra escena se desarrollaba bajo el mismo sol. Una carreta de viaje, cargada hasta el tope con sacos de avena silvestre, traqueteaba apresuradamente, levantando una estela de polvo fino. Dos nómadas Aveneros de rostro curtido guiaban la marcha, sus ojos fijos en el horizonte del norte. No iban solos: dos Herthyr de La Secuoya los escoltaban, sus manos siempre cerca de las empuñaduras, sus miradas barriendo el horizonte.
Kallas, hijo de Lack, cabalgaba al frente. Era un titán en su armadura de cuero endurecido sobre la cota de malla, y el Gran Martillo que portaba reflejaba el sol con un brillo ominoso. A su lado, Lade, su compañero, más joven pero igualmente fornido.
—Ya queda poco, Bran, Fargal —gruñó Kallas, su voz honda y rasposa—. El sol aún alto; tendremos tiempo de vaciar vuestros sacos antes del crepúsculo.
Bran, el nómada que manejaba las riendas, sonrió bajo el bigote ralo. —Thyr os oiga, Kallas de La Secuoya. Nos vendrá bien un buen guiso en la Taberna de la Garra. Dicen que el cocinero de La Paulonia tiene un estofado de Uro Salvaje que devuelve el alma al cuerpo.
—Suena a gloria —asintió Kallas.
Fargal, el otro Avenero, soltó una carcajada seca. —¡Más gloria es la paga, Herthyr! Un saco a cada uno de vosotros por esta travesía, tal como acordamos. Y de lo que nosotros saquemos, nos prometen hasta diez Caporales de Oro por saco.
Desde la parte trasera de la carreta, Lade respondió con amistosa amargura. —Diez Caporales por saco… El polvo del camino y el filo de la espada valen más que el peso de ese oro, Aveneros.
Kallas soltó una risa gutural. El mundo estalló antes de que se apagara.
El ataque no llegó del frente, como hubieran esperado, fue la lógica de una emboscada, aprovechando el pastizal: una explosión de violencia tan repentina que cortó el aliento de todos. El Serratus —el Terror de las Llanuras— se lanzó con la precisión de un cazador consumado. Su plumaje críptico, de tonos terrosos y verdes, lo había mantenido invisible hasta que su carga fue ineludible. El conductor nómada Bran apenas tuvo tiempo de girar la cabeza antes de que el pico huesudo y aserrado se cerrara sobre su hombro y lo lanzara fuera del asiento. Fargal, atónito, tan solo pudo contemplar la escena con la boca abierta. La bestia, más de dos metros de músculo y plumaje, se encaramó en la carreta, obsesionada con el grano.

Kallas rugió. Hizo piafar a su caballo, lo giró y sin desmontar liberó el Gran Martillo con un solo brazo. Con esa cólera antigua que los Herthyr llevan en la sangre y que desatada convierte el miedo y el dolor en combustible.
El primer golpe fue un trueno. La masa de hierro impactó contra el flanco emplumado del Serratus, que graznó de dolor y se apartó del carro. La bestia giró sus ojos amarillentos hacia el guerrero, reconociendo la amenaza. Pero Kallas no le dio tiempo a reaccionar: el Martillo cayó de nuevo sobre la pata derecha del ave con un sonido de hueso que se quiebra. El Serratus se precipitó del carro en un revuelo de plumas, su pata convertida en un ancla inútil de carne rota.

Lade saltó de su montura con un grito de guerra, su maza de roble lista para rematar a la criatura. Pero el Terror de las Llanuras era un depredador, no un guerrero: su instinto le dijo que su momento había terminado. Con una velocidad que desafiaba la herida, usó la única pata sana para ponerse en pie a medias y desapareció entre la pared de pastizal alto, arrastrándose, su plumaje fundiéndose con la hierba como si nunca hubiera existido.
Lade golpeó el aire donde ya no había nada, su maza estrellándose contra el suelo. La Furia tardó en menguar; cayó de rodillas con el agotamiento de quien ha quemado todo lo que tenía.
Bran se retorcía entre los pastos, gimiendo. Su hombro estaba desgarrado y la carne alrededor de la herida viraba ya hacia un color lívido que no prometía nada bueno.
—¡Bran! —gritó Fargal, arrojándose junto a su compañero.
Kallas se acercó y estudió la herida con la mirada experta de quien ha visto muchas.
—La Paulonia —gruñó—.Los Ensi del templo podrán desterrar ese veneno, si llegamos a tiempo.
Fargal asintió, su voz apenas un susurro.
—No llegaremos a tiempo, se desangra.
—¡Que la sangre no fluya más! ¡Traer trapos limpios por Thyr!. —dijo Kallas mientras intentaba taponar la herida con sus propias manos.
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Don Ulfvairn y D. Niall se dirigieron sin tardanza a la morada del Eiwafi Carantoc el Benévolo. La casa se alzaba con una dignidad sencilla pero robusta: piedra tosca y madera de roble, muros sólidos y tejado a dos aguas, sin la circularidad de las cabañas menores. En su interior, pieles de bestias del bosque cubrían el suelo de piedra, y grandes vigas de madera se alzaban hacia un techo donde el humo de un hogar central trepaba con calma.
Carantoc los recibió con la majestuosidad tranquila de quien gobierna por el favor de Thyr y la elección de la Gran Madre Eiwa. De estatura imponente, su cabello castaño oscuro surcado por vetas grises enmarcaba un rostro curtido, coronado por una sencilla diadema de oro viejo. Su barba, trenzada en una perilla pulcra, le daba un aire de autoridad serena. Sus ojos eran profundos y fríos, y en su físico no se adivinaba el peso de los años, merced a la comunión con los árboles. Vestía cota de malla fina bajo una túnica azul, cubierta por una capa de piel de oso.
—Maestro Forjador Ulfvairn —dijo Carantoc, su voz resonando como el golpe de un tambor lejano, extendiendo la mano—. Grande es la reputación de los Caballeros del Puesto del Sur. El segundo en el mando, junto al Caporal que allí vela, sois la muralla que nos protege del mal que viene de Ilumaiya.
—Eiwafi Carantoc. La gracia de Thyr nos acompaña en nuestras labores, y la vuestra es harto estimada —respondió Don Ulfvairn con la formalidad que el momento requería.
—Sentaos, Caballeros. —Carantoc indicó una mesa baja dispuesta para huéspedes—. He dado orden a mis Biltar para un banquete en el Thysan cuando el sol pase el mediodía. Celebrar vuestra llegada es honrar a la Orden y a Thyr.
Varios Biltar entraron en la estancia y sirvieron una mesa de huésped: panes recién horneados, quesos de leche de búfalo, rebanadas de carne asada y jarras de cerveza de avena de un tono ambarino y espuma densa.
—Sabed, Maestro Forjador —continuó Carantoc—, que mi corazón se ha inquietado estos últimos tiempos. El Clan de los Aveneros lleva más de un mes de demora. Por estas fechas siempre traen sus primeros granos a La Paulonia para el trueque, y este año ninguna carreta ha aparecido. Una ausencia tan prolongada no es usual.

En ese momento, la cortina de cuero que cubría la entrada se descorrió. El Caballero que acompañaba a Don Ulfvairn entró, su rostro serio.
—Maestro Ulfvairn. Ya hemos conseguido todas las mercancías que ordenasteis para el Puesto del Sur. El carro y el oro están a buen recaudo bajo la vigilancia de los Aspirantes. ¿Ordenáis algo más?
—Bien hecho, Caballero —asintió Don Ulfvairn.
Fue entonces cuando D. Niall intervino con una chispa en los ojos. —Mi señor Eiwafi, Maestro Ulfvairn. Yo también esperaba a los Aveneros, y su ausencia me inquieta. Propongo una cabalgada hacia el sur para encontrarlos en el camino o averiguar el motivo de su demora.
Don Ulfvairn asintió con aprobación. —Buena idea. Mi Caballero os acompañará. En cuanto a los Aspirantes, que ayuden a los Biltar en lo que necesiten para el banquete comunal; les mostrará la vida del pueblo.
Carantoc levantó una mano, amable pero imperioso. —No es menester que vuestros jóvenes se afanen en labores de sirviente sin antes reposar. Que vuestro Caballero les diga que pasen primero por aquí. Un estómago vacío no forja buenas decisiones.
—Así se hará, Eiwafi. —Don Ulfvairn se dirigió a su Caballero—: Id a dar las nuevas a los Aspirantes y regresad equipado para el viaje con D. Niall.
El joven Caballero saludó y salió. D. Niall ajustó su espada y el arnés de su montura.
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No había pasado mucho tiempo desde que D. Niall y el Caballero Don Jofred salieron de La Paulonia cuando los vieron. Al principio, una mota de polvo en el lienzo de los pastos del sur; pronto, una carreta que avanzaba con la lentitud de quien lleva algo urgente y frágil. A sus flancos, dos siluetas de Herthyr sobre las monturas.
D. Niall espoleó su caballo y cubrieron la distancia en un suspiro. El hedor de sangre fresca llegó antes que las voces. La carreta estaba abollada en un lateral. Uno de los nómadas se retorcía en el suelo entre los pastos, su hombro desgarrado y la carne ya virando a un color que no prometía nada bueno. Los dos Herthyr tenían los rostros marcados por la rabia aún caliente, sus armas sucias.
—¡Por Thyr! ¿Qué ha sucedido aquí? —gruñó D. Niall, desmontando de un salto, la mano yendo instintivamente a la espada aunque no fuera necesaria.
Kallas se giró. —Un Serratus, Caballero. El Terror de las Llanuras. Nos tomó por sorpresa, hirió a Bran. El ave ha escapado, pero con una pata rota; no volverá a cazar pronto.
Lade, arrodillado junto al herido, levantó la vista. —La herida es profunda y hay veneno en el pico de esas bestias. Bran necesita a los Ensi del templo.
D. Niall se arrodilló junto al nómada. La sangre empapaba el hombro, y la carne a su alrededor se tornaba de un color lívido y enfermizo. El Caballero estudió la herida un momento. Luego posó sus manos sobre ella.
—Apartaos —dijo, su voz tranquila y firme.
Los Herthyr obedecieron, intrigados. D. Niall cerró los ojos. Una luz pálida, apenas visible bajo el sol del mediodía, comenzó a emanar de sus palmas, bañando la herida. No era la magia oscura que emergía de Ilumaiya, sino la manifestación de la Fe en Thyr, ese don que otorga a quienes sirven con fe sin doblez. Un zumbido apenas audible llenó el aire, semejante al canto de un Enhedum en un templo lejano.

Bran gimió, pero esta vez fue un gimió de asombro. Ante los ojos de los Aveneros y los Herthyr, la carne desgarrada comenzó a contraerse. Los bordes de la herida se unieron lentamente, como cosidos por una mano invisible. El color lívido se desvaneció. En cuestión de un parpadeo, la herida profunda había cerrado, dejando solo una cicatriz rosada y fina. El sangrado cesó.
D. Niall retiró las manos, pálido por el esfuerzo, con una sonrisa satisfecha. Bran se incorporó y se palpó el hombro con incredulidad.
—¡Por Thyr! —exclamó Fargal, sus ojos desorbitados—. ¡Es un milagro! ¡Ha sanado a Bran!
D. Niall sacudió la cabeza. —No soy un Ensi, buen Fargal, sino un Caballero Edin. Pero la ayuda a nuestros hermanos es una obligación sagrada para los Caballeros, igual que para los clérigos. Thyr nos otorga a veces la gracia de invocar sus bendiciones a través de nuestras manos, para que su pueblo no perezca sin necesidad. Me siento feliz de servir.
Kallas, que lo había presenciado con una mezcla de asombro y cruda admiración, gruñó. —Jamás había visto tal cosa. Un honor, Caballero. Hubiera muerto de no ser por vuestra milagrosa aparición.
Los Aveneros comenzaron a murmurar agradecimientos. Fargal se adelantó. —Debéis aceptar nuestro pago, mi señor Caballero. Lo habéis ganado.
D. Niall levantó una mano. —No puedo aceptar ningún regalo por esto. Curar a un hermano es un deber, no un trueque.
Kallas intervino. —Entonces dejadnos compensaros a vuestra manera. Ofrecemos los mejores granos de esta carreta por ocho Magister el saco, no los diez que valen, en honor a vuestro acto.
D. Niall asintió.
—El tema de los precios es cosa del Maestro Forjador. Pero os acompañaremos con gusto hasta La Paulonia. ¡Vuestra llegada es una gran noticia para todos!
Y así, con Bran de pie y los ánimos renovados, la carreta se puso de nuevo en marcha, escoltada ahora por cuatro jinetes.
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El sol lamía ya el cénit cuando la caravana, más numerosa, se acercó a los primeros edificios dispersos de La Paulonia. El chirrido de la carreta y el golpeteo de los cascos resonaron en la quietud de la hora. La gente comenzó a salir de sus cabañas, curiosa ante la llegada de los Aveneros y la inesperada compañía.
Antes de que pudieran entrar en el corazón del asentamiento, una figura se interpuso en su camino. Belthar, el Biltar Mayordomo mayor del Thysan, se adelantó con el ceñidor de su rango y el broche de oro en el pecho. Tras él, una docena de Mabzar con sus túnicas negras y los laterales de las cabezas rapados esperaban en silencio.

—¡Alto! —ordenó Belthar—. En nombre del Eiwafi Carantoc, y por derecho y costumbre de La Paulonia, esta carreta de grano queda requisada para el banquete comunal en el Thysan. ¡Mabzar! Vaciad el carro.
Los Mabzar avanzaron. Don Jofred, el acompañante de Don Ulfvairn, espoleó su caballo poniéndolo de lado y apartó a los sirvientes del camino con un grito. No permitiría que los sacos fueran tocados sin más.
La tensión se disparó. Los Mabzar retrocedieron. Pero el Mayordomo Belthar apenas tuvo tiempo de fruncir el ceño antes de que una sombra titánica se cerniera sobre la escena.
Mordeleg el Fuerte, el Dewafi guardaespaldas principal de Carantoc, apareció de entre las cabañas con la ferocidad de un toro. Gigantesco, con tatuajes rúnicos cubriendo su piel y la barba trenzada con anillos de hueso, vestía solo unas grebas de cuero tachonado y una capa de piel de oso, despreciando la armadura que otros codiciaban. Sus ojos, pequeños y penetrantes, ardían con una ira que no necesitaba palabras.
Sin anuncio alguno, Mordeleg aferró la pierna del Caballero Ordenado con sus manos y tiró. El joven guerrero salió despedido de la silla y golpeó el suelo con un sonido sordo. La espada salió volando de su mano.
Lade, que había visto la agresión, se lanzó de su montura con un grito salvaje y se arrojó sobre Mordeleg. El Dewafi lo apartó con un simple empujón, arrojando al Herthyr a varios pasos como si fuera paja.
Kallas no dudó. Espoleó su montura y se lanzó contra el gigante con un rugido. Mordeleg respondió con un bramido que hizo vibrar el aire, desestabilizando el caballo. Kallas golpeó el lodo, pero ya se impulsaba para ponerse en pie, el gran martillo en la mano.
D. Niall, presenciando la escena, giró las grupas de su caballo y se preparó para lanzarlo contra el Dewafi.
Justo en ese momento, una voz se elevó sobre el estruendo. No era un grito ni un alarido, sino un resonar de autoridad que no admitía desobediencia.
—¡Basta! ¡Qué es este desatino!
Carantoc el Benévolo apareció entre la multitud, Don Ulfvairn a su lado. Todo se paralizó. Mordeleg permaneció inmóvil como una estatua, su rabia contenida por la voz de su señor.
—Mordeleg —dijo Carantoc, su voz templada pero cargada de autoridad—. Explicaos.
El Dewafi extendió un brazo hacia la carreta.
—Eiwafi. Vuestro Biltar Belthar cumplía vuestra orden, tratando de confiscar el grano para el banquete del Thysan, como es vuestro derecho y ley en La Paulonia. Estos forasteros lo impidieron y agredieron a vuestros Mabzar.
Los Aveneros, Bran y Fargal, que hasta entonces habían permanecido en silencio, encontraron la valentía para protestar.
—¡No es así, Eiwafi! —gritó Fargal—. Este grano es el fruto de nuestra cosecha. Nosotros no producimos para La Paulonia, ni La Paulonia es nuestra población de origen. Somos nómadas, libres Aveneros. Por la ley y costumbre de los clanes, podemos trocar o vender nuestros bienes sin que nadie nos los confisque.
Mordeleg soltó una risa áspera. —¡No es así! Todo lo que hay en La Paulonia, todo lo que pisa esta tierra, está bajo la jurisdicción del Eiwafi. Se pueden confiscar los bienes necesarios según la ley de este pueblo. ¡Es la Ley!
—Siempre ha sido así —asintió Carantoc, su rostro severo—. Yo tengo derecho a tomar lo que necesite en mi población. Es la tradición que hemos mantenido desde antes de vuestros bisabuelos.
Fue entonces cuando Don Ulfvairn, el Maestro Forjador del Puesto del Sur, intervino. Su figura eclipsó la de Belthar y los Mabzar, y su voz se elevó con la autoridad arcaica que la Orden lleva generaciones forjando.
—¡Basta, Eiwafi Carantoc! Ni un dedo se pone en esos sacos. Por ley natural y por la Regla que rige a todos los hijos de Thyr, estos bienes son propiedad de los Aveneros, y ellos no dependen de vuestra población por ser nómadas. La autoridad sobre los bienes, Eiwafi, solo rige respecto a las gentes de La Paulonia, a vuestros propios ciudadanos. Un Eiwafi no puede mandar sobre quien no le ha jurado lealtad. Si pretendéis ejercer ese derecho sobre forasteros, se perdería la libertad de mercado; los mercaderes y nómadas dejarían de negociar en cualquier población, y la prosperidad de Thyrkur se acabaría por confusión de derechos y abuso de poder.
Don Ulfvairn clavó su mirada en Carantoc. —Habéis obrado con ligereza, Eiwafi. Y vos, Mordeleg —su voz se tornó más fría—, habéis usado vuestra fuerza de manera desmedida y sin juicio. Os ordeno que pidáis disculpas a estos Herthyr y a mis Caballeros. Ahora mismo. Y que vuestro Eiwafi os aplique la justicia debida por faltar a la Regla que a todos los ordenados hombres de armas nos rige.
La tensión en el aire era tan densa que podía cortarse con un hacha. Mordeleg permanecía inmóvil, sus ojos ardiendo, la furia pugnando por desatarse. El Eiwafi Carantoc sopesaba las palabras del Maestro Forjador con el orgullo machacado en la garganta.
—Mordeleg —la voz de Carantoc era un gruñido apenas audible—. Cumplid con lo que pide el Maestro Forjador. ¡Y por mí persona, la justicia está hecha! Pues has obrado en mi nombre y por mí, por lo que no debe haber más pena por servir a tu señor —exclamó puntualizando.
Mordeleg se debatió. Sus nudillos se pusieron blancos. Pero la orden de su Eiwafi, y el conocimiento instintivo de la Regla superior que Don Ulfvairn había invocado, lo forzaron. Con un movimiento rígido y un gruñido que arañó el aire se dirigió al joven Caballero que yacía en el barro.
—Mis disculpas… por cumplir la ley de mi Eiwafi. —Luego, a Kallas y Lade—: Y a vosotros, Herthyr.
Don Jofred se incorporaba lentamente del lodo, su brazo izquierdo colgando inerte. Don Ulfvairn dio un paso adelante, pero D. Niall se interpuso con un gesto rápido.
—Dejadme a mí, Maestro Forjador.
—¡Soy capaz también! —protestó Don Jofred haciendo acopio de valor y coraje.
D. Niall posó sus manos sobre el brazo destrozado. La herida se cerró con la misma rapidez silenciosa que la del Avenero, dejando solo una cicatriz rosada. El joven movió el brazo, el asombro en su rostro. La cojera en la pierna persistía, un recordatorio de que la Bendición de Thyr no es un milagro absoluto.
Don Ulfvairn miró a Carantoc. En sus ojos, sin necesidad de palabra alguna, se leía la exigencia. Carantoc comprendió: su orgullo herido buscó una retirada.
—Sus peticiones se han cumplido y mi justicia hecha —dijo el Eiwafi Carantoc, intentando sonar firme—. Como soy hombre de palabra, os prometí un festín en el Thysan. Podéis pasar allí; el asunto está zanjado.
Don Ulfvairn no era un hombre al que se le apaciguara con un festín.
—¡Eiwafi Carantoc! Los Caballeros de la Orden de Thyr no necesitan banquetes ni caricias. Solo cumplir con nuestros deberes es lo que mantiene la vida y la ley en estas tierras. Y vos no habéis hecho justicia a vuestro Dewafi: no puede serlo desde el instante en que atacó a un Caballero de la Orden. Al encubrir tal afrenta os convertís en cómplice de la deshonra. Si vos no hacéis justicia, Eiwafi, tendré que pedir que la hagan por vos.
—¡Vos no tenéis derecho! —gritó Carantoc, su paciencia agotada, el orgullo por encima de la razón.
⁕ ⁕ ⁕
Fue en ese momento cuando D. Niall dio un paso al frente.
—¡Él no tiene derecho, Eiwafi Carantoc, pero yo sí! —Su voz, antes serena, resonó con una fuerza inesperada. Se golpeó el pecho, donde colgaba su Colgante de Asamblea, el símbolo de su derecho como thyriano libre—. ¡Soy Caballero Edin de Thyr, sí, pero también soy hijo de La Paulonia! Como tal, tengo el derecho de invocar la Asamblea cuando crea que el honor y la justicia de este pueblo están en juego. ¡La invoco ahora! ¡Por Thyr y por la Regla! ¡Los Aveneros, los Herthyr y vosotros, mis hermanos Caballeros, sois testigos! ¡Y tú, Belthar el Biltar, como thyriano, no podrás mentir sobre esto!
La multitud que se había ido congregando estalló. Un rugido se elevó, una marea de voces:
—¡Asamblea! ¡Asamblea!
La gente comenzó a agruparse, rodeando al Eiwafi, sus rostros una mezcla de asombro, indignación y deseo de justicia. Algunos Dewafis de Carantoc se acercaron para proteger a su señor. Pero Mordeleg, el gigante deshonrado, ciego de rabia, desoyó cualquier orden y se abalanzó contra la gente que se acercaba, golpeando y empujando con sus puños, una bestia desbocada.
Don Ulfvairn actuó con la velocidad de un rayo. Con un paso largo se plantó frente al Dewafi enfurecido. Sin dudar, levantó el brazo. En el dorso de su mano, el símbolo dorado del Martillo de Thyr labrado en el guantelete brilló con una luz que no era reflejo del sol, y lo acercó al rostro de Mordeleg hasta casi tocarlo.
—¡Mordeleg, Dewafi deshonrado! —rugió Don Ulfvairn, su voz amplificada por una resonancia que parecía nacer de la tierra misma—. ¡Invoco el Juicio de Piedra!
Un escalofrío recorrió el aire. El gigante, en medio de su furia, se detuvo. Sus músculos se tensaron, su grito se ahogó en la garganta. Ante los ojos de la multitud, la piel de Mordeleg comenzó a tornarse grisácea, a endurecerse. Sus ojos se volvieron opacos, su gesto de ira se petrificó en una mueca eterna. El coloso de carne y sangre se convirtió en una estatua de granito, inmóvil y muda, un monumento a la Regla violada.

El silencio que siguió fue absoluto. La boca de Carantoc colgaba abierta. En ese instante, Don Ulfvairn, con la otra mano, asió al Eiwafi por el hombro con un agarre que no admitía resistencia.
—Queríais un banquete, pues lo vais a tener. Será el banquete de vuestro juicio. Vuestra población, reunida en Asamblea, os juzgará por vuestra laxitud y vuestra negligencia. Y a Mordeleg, a quien no quisisteis juzgar por su insolencia, lo ha juzgado la piedra misma. Así se quedará, petrificado en medio de vuestro pueblo, hasta que la Regla de Thyr vuelva a ser la norma inquebrantable de este lugar.
Los Dewafis de Carantoc, que habían presenciado el juicio divino, se postraron de inmediato, inclinando las cabezas ante el Maestro Forjador. Un clamor se alzó de la multitud:
—¡Asamblea! ¡Asamblea!
Un grupo de Ensi, alertados por el estruendo y la invocación, se acercaron para atender al joven Caballero herido, guiados por D. Niall. Este fue aclamado por la gente, su nombre coreado como el de quien había defendido la ley. Y así, bajo el sol implacable, todos se dirigieron en procesión solemne hacia el gran Thysan, el corazón de La Paulonia, para que la Asamblea dictara su veredicto.
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