Un homenaje con más pausas que telegrama y más lágrimas que las permitidas para un niño de ocho años
Había, en los años finales de los setenta, una verdad universal conocida por todos los niños de España que nadie se había molestado en escribir en ningún libro de texto de EGB, probablemente porque los libros de texto de EGB ya estaban bastante ocupados con los afluentes del Ebro y los subafluentes de los afluentes del Ebro y los subafluentes de los subafluentes, en una cadena de tributación hídrica que parecía no tener fin y que ningún niño en la historia de la humanidad ha vuelto a necesitar después del examen.

La verdad era esta: los viernes por la tarde, a las ocho, el mundo se detenía.
No metafóricamente. Se detenía de verdad.
Las pelotas dejaban de rebotar. Los balones dejaban de volar. Los churros, medias mangas, mangas enteras y burros quedaban en suspenso, como fauna sorprendida por un depredador, excepto que el depredador en este caso era una señora asomada por la ventana del tercero gritando un nombre con la urgencia de quien anuncia el fin de los tiempos. En Madrid, en aquella época, las ventanas de los pisos eran básicamente el sistema de comunicación oficial del Estado. Más eficaz que el teléfono, más económico que la radio, y con mucho mejor acento que la BBC. Supongo que en el resto de España también era así.

¡Que empieza el Hombre y la Tierra!
Y la calle, que un segundo antes era un hervidero de civilización infantil en estado salvaje, quedaba vacía como un documental de Félix sobre un ecosistema en peligro. Lo cual, pensándolo bien, era exactamente lo que era.
Dentro de los pisos, frente a televisores que en algunos casos llevaban el nombre de un señor que había gobernado el país durante cuarenta años —una marca llamada Francis, lo cual era, si se piensa, un nivel de audacia comercial que rozaba lo histórico—, los niños nos instalábamos con la precisión ceremonial de pequeños mamíferos nocturnos preparando el letargo.

Yo me colocaba en las piernas de mi padre.
Como un gato. Como, para ser exactos, un lirón careto antes del invierno.
La pantalla —diez milímetros de cristal prácticamente indestructible, capaz de sobrevivir a alpargatas arrojadas en estado de emergencia doméstica, lo que en retrospectiva explica mucho sobre la ingeniería española de la época— parpadeaba en blanco y negro, que era el único color que necesitaba.

Y entonces.
Entonces.
Sonaba esa música. Esa música que olía a pradera y a libertad y a algo que un niño de ocho años no sabía nombrar todavía pero que reconocía como la cosa más importante del mundo.
Y aparecía Él.
Félix Rodríguez de la Fuente no tenía voz.
Tenía un telegrama.
Una voz que funcionaba a base de puntos y rayas, con pausas estratégicas que no eran silencios sino munición. Mientras otros hablaban, Félix cargaba. Y cuando disparaba una frase, lo hacía con la precisión quirúrgica de un halcón peregrino —el mismo halcón, por cierto, que le había cambiado la vida a él veinte años antes, cuando era odontólogo en Madrid y un ave cazadora resultó ser más convincente que cualquier muela del juicio.
El Lirón Careto.

Pausa.
Pequeño roedor que habita en la penumbra de nuestros encinares y berrocales.
Pausa mayor. Pausa de arquitecto. Pausa que construía una catedral.
Fíjense en esa mirada, orlada por un antifaz de azabache, que le confiere el aspecto de un diminuto bandolero de la floresta.
Y el niño en las piernas de su padre dejaba de respirar. Porque en ese momento el Lirón Careto no era un roedor. Era un personaje. Era alguien. Era, de alguna manera que la EGB nunca había conseguido explicar, parte de España. Del mismo país de los ríos y los afluentes y las mesetas, sí, pero también del país donde los animales tenían dignidad y los ecosistemas tenían historia y cada encinar tenía sus bandoleros diminutos durmiendo el sueño de los justos.
Félix hacía eso.
Tomaba el mapa que te habían obligado a memorizar en el colegio y lo llenaba de criaturas.
Había coleccionables. Fascículos. Cintas de cassette que en el quiosco aparecían arrojadas a montones con la generosidad caótica del mercado editorial de la época, y que en casa requerían de intervención quirúrgica con bolígrafo Bic para desatascar los engranajes —operación que todo niño de la época dominaba con la habilidad instintiva que en otras generaciones se aplicaba a encender hogueras o afilar lanzas.

En esas cintas estaba su voz.
En tu habitación, con el walkman, con los ojos cerrados, eras tú quien estaba en la tienda de campaña. Tú eras el que escuchaba los pasos del depredador en la oscuridad africana mientras Félix susurraba con esa calma de hombre que ha decidido que el miedo es, básicamente, falta de información.
Un niño de menos de diez años, solo en su cuarto, con un león merodeando en el cassette.
No había mejor televisión que la que ocurría dentro de tu propia cabeza.

Y entonces llegó la noticia.
Como llegan las peores noticias a los niños: de manera oblicua, fragmentada, a través de conversaciones de adultos que se interrumpían cuando entrabas en la habitación. O quizás en el patio del colegio. O quizás simplemente en el aire, que en España de 1980 transportaba las cosas importantes con una eficacia que ningún algoritmo ha igualado.
Se había estrellado una avioneta.
En Alaska.
Y Félix.
Félix ya no estaba.

Había muerto en Shaktoolik, Alaska, el 14 de marzo de 1980. Que era, y aquí el universo demostraba tener un sentido de la dramaturgia que francamente resultaba excesivo, el mismo día en que cumplía 52 años.
Antes de subir a la avioneta, dicen que dijo: «Qué lugar más hermoso para morir».
Un hombre que toda su vida había mirado a los animales a los ojos para entender qué pensaban sobre la muerte, y que había concluido que la muerte era importante, que implicaba una consciencia superior, que cada ser vivo la conocía de alguna manera. Ese hombre sabía lo que estaba diciendo.
Un niño de ocho años, naturalmente, no podía saber nada de esto.
Un niño de ocho años solo sabía que los viernes a las ocho ya no iba a ser lo mismo.
España entera lo lloró. Alrededor de un millar de personas se congregaron en el aeropuerto de Barajas para recibir su féretro. Y entonces alguien —alguien con el corazón en el sitio adecuado y probablemente los ojos húmedos— tuvo la idea de encargarle a Gloria Fuertes, poetisa de los niños y de las cosas que importan, que escribiera una canción.
Y Gloria Fuertes escribió:
Amigo Félix, cuando llegues al cielo, amigo Félix, hazme solo un favor: quiero ir contigo a jugar un ratito con el osito de la Osa Mayor.
La cantaron Enrique y Ana, que eran los encargados oficiales de explicarles a los niños de España las cosas para las que el mundo adulto no encontraba las palabras adecuadas.
Y los niños lloraron.
Y los padres lloraron mirando a sus hijos llorar.
Y las madres que habían asomado la cabeza por la ventana con el bocadillo de nocilla para anunciar que empezaba el programa, lloraron también, sin asomarse a ninguna ventana, en silencio, porque hay tristezas que no tienen ventana por la que asomarse.
Han pasado 46 años.
Los afluentes del Ebro siguen siendo los mismos. Las piernas de mi padre ya no están, pero el recuerdo de ser un gato ronroneante frente a una Francis de cristal irrompible permanece con la nitidez de las cosas que nos forman sin que lo sepamos.
El Lirón Careto sigue durmiendo en sus encinares, preparándose para un letargo que desafía la biología, convertido en una pequeña bola de pelo que aguarda el beso de la primavera.
Y Félix sigue siendo el hombre que llenó de criaturas el mapa que nos obligaron a memorizar, que nos enseñó que los lobos no eran los malos del cuento, que habló en telegrama sobre cosas eternas, y que se fue un 14 de marzo —su cumpleaños, naturalmente, porque el universo no hace las cosas a medias— a un lugar que encontró lo suficientemente hermoso.
Que así sea.

Feliz cumpleaños, Félix.
«Estudio a los animales para conocer mejor a los hombres. Y creo que lo estoy consiguiendo.» — Félix Rodríguez de la Fuente (14 de marzo de 1928 – 14 de marzo de 1980)
8.728 visitas
Descubre más desde Creative Gnomons
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


La verdad, que me he emocionado. Y la descripción ha sido volver a la infancia y aquellos momentos tan dulces. Gracias, me ha encantado.
propecia
propecia
vardenafil price
vardenafil price
mobic medication for dogs
mobic medication for dogs
antibiotics for sinusitis
antibiotics for sinusitis
viagra adverse reactions
viagra adverse reactions
priligy dapoxetine malaysia
priligy dapoxetine malaysia