Corre el ciclo 2202 tras el Nimb Rack.
Thyrken ha sobrevivido. Sus muertos son muchos. Sus cazadores, pocos. Pero los Malhadoths, engendros de Najásh con una inteligencia que no debería pertenecerles, no huyeron tras el combate: marcharon hacia el sur con una precisión que hiela la sangre, como peones en un juego que ningún Thyriano comprende aún.
Don Almalux, Caballero de la Orden de Thyr, y Gwynet, Herthyr de arco certero, los siguen. No por gloria. No solo por oro.
Porque en el rastro de escamas y sangre que serpentea hacia el sur hay algo que ningún guerrero quiere encontrar: la evidencia de que alguien en las sombras mueve las piezas. Y que Thyrken fue apenas el primer movimiento.
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El sol de la Era Eldiana, un disco de bronce fundido en los hornos primigenios, se arrastraba perezosamente sobre las colinas de Thyrkur. Una alfombra salvaje de hierba, gruesa y alta, se extendía como un mar esmeralda hasta donde alcanzaba la vista, rota solo por los oscuros abetos de montaña que se alzaban como centinelas silenciosos. Era un paisaje vasto e indómito, generoso con la recia estirpe thyriana, pero implacable con los débiles. La misma tierra de Unah exhalaba un aliento antiguo.
El grupo, mermado y exhausto, cabalgaba sin palabras, apenas sombras cubiertas de sudor bajo el sol de la mañana. La disciplina del Caballero y la determinación pétrea de la guerrera eran la argamasa que aún los mantenía en pie. Don Almalux de Thyrken, jinete inmóvil sobre la poderosa mole de su búfalo de montura, lucía una sobreveste manchada por la sangre seca de las bestias. Su postura era rígida, una torre de acero y fe. Sobre su pecho, la insignia en rojo del Martillo de Thyr marcaba su pertenencia a la Orden; en su brazo izquierdo, el escudo cometa con el mismo emblema, ambos de un rojo vívido. Su lanza descansaba lista en el estribo, sujeta por su mano firme.
A su lado cabalgaba Gwynet, la Herthyr, con la ligereza de una amazona nacida para la silla, a pesar de la pesada cota de malla. Su falcata curva pendía del cinto; el carcaj, repleto de flechas de acero thyriano, cruzaba su espalda. El rubio cabello, recogido en una trenza, enmarcaba un rostro curtido por el viento y el esfuerzo: una máscara de furia contenida, la de una loba que ha perdido a su camada y solo anhela la venganza. Los dos Herthyr restantes seguían a corta distancia, los rostros tensos bajo los yelmos, las manos aferradas a las empuñaduras de sus hachas.

La sombra de la muerte, densa y pegajosa, los había escoltado sin descanso durante varios días interminables.
El Caballero cerró los ojos por un instante, y la imagen regresó con la fuerza de un golpe de martillo en el cráneo, una puñalada helada en el alma.
Había sido en las cercanías de Thyrken, ciudad de piedra y acero que brillaba como una joya arrancada a la montaña, baluarte de la humanidad frente a la barbarie que empujaba desde el oeste. Pero incluso sus defensas más robustas habían resultado insuficientes. Los Malhadoths —esos saurios de la Maldición de Najásh— habían penetrado las defensas exteriores y desatado una masacre entre los clanes recolectores y las familias de Mabzar que trabajaban en los campos del sur. No eran bestias errantes impulsadas por el hambre ciega: era una manada coordinada, con una crueldad que rozaba la inteligencia.

Don Almalux, Caballero de la Orden con poco más de un año de servicio a su espalda, había marchado junto a la mayoría de los Herthyr voluntarios arrancados de Thyrken. Su misión: cortar de raíz la amenaza antes de que la sangre y el pánico gangrenaran los cimientos de la ciudad. Gwynet, la más veterana entre ellos, fue la primera en lanzar sus flechas sobre la horda atacante.
El combate que siguió fue un infierno desatado.
Los Malhadoths, alzados sobre dos patas escamosas, superaban en altura a los thyrianos más fornidos. Sus zarpas hendían el aire con silbidos mortales, buscando arrancar cabezas y extremidades, mientras sus mandíbulas —capaces de triturar el hueso más duro— se abrían en un alarido de hambre. Un hedor a reptil y carroña llenaba el aire, espeso como la niebla de un pantano maldito. En aquel caos, los Herthyr combatieron con la ferocidad que corría por su sangre, legado antiguo que Thyr grabó a fuego en las almas de su pueblo. Dos de ellos, al ver caer a un compañero con los intestinos esparcidos en la tierra, cayeron en aquello que denominaban Furia Thyriana.
Sus cuerpos se hincharon, las venas se retorcieron bajo la piel como serpientes, y un vapor rojizo pareció emanar de ellos. A pesar de las heridas, se lanzaron contra la horda como un vendaval de cólera asesina, blandiendo con una sola mano hachas que normalmente requerían dos, segando la vida de las bestias con una fuerza que trascendía lo natural.

Don Almalux, en contraste, se movía con la precisión fría del acero. Aprovechaba el impulso de su montura para apartar hordas de su camino mientras atravesaba cuerpos con la lanza. Cuando el búfalo quedó exhausto y tuvo que descabalgar, su hoja danzó en la penumbra creciente: cada estocada apuntaba con exactitud a la unión de las escamas, a los ojos vidriosos, a la carne blanda bajo la dura coraza. No era la rabia lo que lo movía, sino la disciplina y preparación que su Orden le había inculcado y la fe en Thyr que sentía arder en el pecho. Invocó el Don de la Bendición, sintiendo cómo el veneno verdoso de las bestias resbalaba inofensivo sobre el metal sagrado.
Pero incluso la furia y la fe tienen límites crueles. En aquel encuentro se perdieron la mayoría de los Herthyr, sus gritos silenciados por las fauces de los saurios. Con todo, el ataque del Caballero y la carnicería desatada por los thyrianos enfurecidos consiguieron forzar una retirada temporal: las bestias se disiparon en la negrura de la noche, dejando un campo sembrado de cadáveres y un silencio roto solo por el gemido de los moribundos. Sin duda aquel sacrificio de sangre y furia inesperado por las bestias, había salvado la ciudad.

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El eco de aquel combate resonaba en la marcha, un tambor de guerra en sus sienes. Los pocos supervivientes —Don Almalux, Gwynet y apenas un par de Herthyr más— llevaban días siguiendo el rastro, bajo un sol mañanero que dibujaba sombras largas y engañosas sobre la hierba.
—No es natural —gruñó Gwynet, su voz como el gruñido de un lobo. Rompió el silencio con una rabia sorda—. El rastro que dejaron en la retirada era de bestias que huían, presas del pánico. El de ahora es otra cosa: algo que se mueve con un propósito. Y cada vez son más.
Gwynet, con su ojo de cazadora y su profundo conocimiento de la naturaleza salvaje, sabía que los Malhadoths solían dispersarse tras un gran festín o una derrota. Pero estas criaturas se agrupaban; sus huellas se multiplicaban. La manada inicial de Thyrken se había unido a otras, formando una marea de carne escamosa que se movía sin cesar hacia el sudeste, devorando a cualquier colono aislado que tuviera la mala fortuna de cruzarse en su camino.
Don Almalux se inclinó sobre el lodo blando, examinando las huellas bípedas con el conocimiento que su formación le había dado. El nudo de fatalidad se apretó en su pecho.
—No son meros cazadores, Gwynet. El patrón es demasiado preciso para ser instinto. Apuntan hacia el sur con una determinación que no les es propia. Es como si tuvieran un objetivo determinado.
El destino que marcaba el rastro era inequívoco: las bestias se dirigían hacia La Paulonia, puesto lejano en el camino que servía de escala hacia el extremo más austral de Thyrkur, donde se alzaba La Secuoya.
Gwynet miró a su alrededor. El entorno, verde y tranquilo, no hacía justicia al peligro que sentía acercarse.
—Realmente odio a esos malditos reptiles —masculló—. Pero la paga de nuestro Eiwafi está más que ganada —masculló desganada.
El Caballero asintió. La disciplina de la Orden exigía proteger al pueblo thyriano de la sombra de los Sherets y la malignidad de Ilumaiya. Si esta horda coordinada alcanzaba su destino, las consecuencias serían devastadoras.
—Continuaremos la marcha —dijo Almalux, su voz una promesa pétrea—. Si Thyr está con nosotros, llegaremos antes que la plaga. Si no, aun así llegaremos.
Algunas quejas, apenas susurros en el viento, murieron sin pronunciarse: ningún thyriano quería que lo tacharan de cobarde, el peor insulto que se le podía lanzar a un hombre de la Clase guerrera. La promesa de una batalla inminente era un llamado que superaba cualquier contrato.
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El ambiente era de una quietud malsana, la calma antes de la tormenta. La tensión se palpaba en el denso silencio matinal. Gwynet fue la primera en sentir el cambio.
—Caballero —siseó, sujetando las riendas para detener su caballo—. Se detuvieron. Ya no huyen; nos esperan.
Don Almalux detuvo su búfalo. La dirección del rastro, su concentración repentina en un único punto, confirmaba lo que ambos temían: no era una migración ciega. Se preguntaba si el rastro que habían seguido hasta ahora, era sencillamente una trampa.
Y en eso, que el silencio se rompió con un alarido de pesadilla. Tres Malhadoths surgieron de entre las altas hierbas con la velocidad de un rayo, buscando rodear y separar a los jinetes. No eran los únicos. En la espesura se adivinaba movimiento, el siseo de escamas contra la hierba alta.
Gwynet reaccionó con la velocidad que solo otorga años de oficio. Puso a su caballo en movimiento, convirtiéndose en una sombra fugaz que trazaba círculos alrededor de la bestia más cercana. Las flechas silbaron en rápida sucesión, buscando los ojos de las criaturas. Un Malhadoth se alzó sobre sus patas traseras y lanzó un golpe de cola que habría partido un roble; Gwynet se inclinó lateralmente sobre la montura, evadiéndolo por un palmo. Continuó el acoso, manteniendo la distancia, mientras sus proyectiles rasgaban la carne escamosa de los saurios.
Don Almalux fue el objetivo del más grande, una bestia de cresta rojiza que lo había escogido con la frialdad de un cazador experimentado. Desde la distancia lanzó un chorro de veneno verdoso que impactó en su armadura; el Caballero, al abrigo de la Bendición de Thyr, sintió cómo resbalaba inofensivo sobre el metal sagrado. Justo tenía la distancia adecuada para cargar con su montura.
—¡Por Thyr! —rugió.
La lanza, afianzada con fuerza contra el protector del hombro, golpeó a la bestia en el pecho con el impulso furioso de aquella improvisada carga. La punta de acero penetró la coraza de escamas con un sonido espantoso, y el saurio fue arrojado hacia atrás con un estertor que se ahogó en su propia sangre. El caballero aguantó la embestida con la destreza que le habían dado los años de preparación en el Magister sin apenas desplazarse.
Pero el combate era brutal y sin tregua. Otro Malhadoth, más rápido, mordió la pierna del Herthyr que cubría la retaguardia. El grito del guerrero se cortó en un gorgoteo; cayó de su caballo, y la bestia se lanzó sobre él. Una flecha de Gwynet atravesó el cráneo de la criatura por el ojo, evitando lo peor, aunque el Herthyr ya no se levantaría solo.
El Caballero giró su montura desenfundando la espada. Entonces lo vio: quizá una veintena de Malhadoths, o más, emergían de la espesura organizados por la hembra de cresta roja, que coordinaba el avance con señales que ningún hombre habría sabido descifrar. La horda avanzaba en pinza, un muro de dientes y garras. La disciplina y la fe no podían vencer la cantidad.
Don Almalux supo que estaban perdidos pero vendería cara su piel…

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Justo cuando Gwynet, con un grito de desafío en los labios, se arrojaba del caballo con la falcata en la mano para el combate último, el mundo estalló en un rugido que hizo temblar las colinas.
De la misma espesura y tras aquel último grupo de Malhadoths, surgió una avalancha de thyrianos. Eran gran parte de los Herthyr que Don Almalux había dado por muertos cerca de Thyrken, regresados de las fauces del olvido. Cubiertos de polvo y heridas frescas, sus cuerpos se movían con una fuerza descomunal. En sus ojos, la Furia que los definía ardía con una intensidad capaz de ignorar el agotamiento. Blandían pesados martillos de guerra con una sola mano, lanzándose sin formación ni estrategia contra la masa de saurios; no necesitaban nada más.
El choque fue una carnicería total. Aquel salvaje estado, multiplicado por la rabia de quien creyó morir y no murió, arrolló a la horda como una riada. El Malhadoth que acorralaba a Don Almalux fue aplastado por el impacto devastador de un martillo, su cráneo reventando en una rociada oscura. Las bestias, que esperaban una emboscada metódica, se encontraron con una fuerza que no entendía la táctica ni la retirada. Cazadores cazados. La matanza fue rápida y brutal, un torbellino de destrucción que dispersó a la manada en un torbellino de pánico. Los Malhadoths que pudieron, huyeron. Los que no pudieron, murieron.

Cuando el último saurio cayó con las fauces cerradas en un rictus de dolor, Don Almalux y Gwynet, exhaustos y jadeantes, se acercaron a sus camaradas. El Caballero, con un nudo de asombro en la garganta, exigía respuestas.
Los Herthyr se agruparon en torno a ellos. Sus ojos, profundos y encendidos, miraban a sus compañeros con una intensidad que era tanto gratitud como el eco de una furia que aún no había encontrado fondo.
—Nos arrastraron al sur —gruñó uno, su voz rasposa como piedras rodando—. La carnicería en Thyrken… la horda nos cercó y nos empujó hacia afuera. Íbamos cayendo, uno a uno. Pero Thyr tenía otros planes. La sed de venganza nos mantuvo en pie cuando el cuerpo ya no daba más.
Otro, con una cicatriz fresca que le cruzaba el rostro, continuó:
—El río Irkan nos guió hacia el sur, hacia El Álamo. Esperábamos un respiro, quizás ayuda.
Pero El Álamo no fue el refugio que anhelaban. El pequeño asentamiento ribereño —una empalizada de troncos robustos al pie del ancho Irkan, bajo un bosque de álamos que le daban nombre— había sufrido la embestida de la marea sauriana. El perímetro era un campo de muerte, sembrado de cadáveres thyrianos y de bestias por igual. Los hijos de Thyr habían resistido tras sus muros, pero el precio había sido alto.

—Nos sanaron las heridas, nos dieron cobijo —continuó el primero, una sombra de gratitud en los ojos—. Y fuimos testigos de los ritos de desvinculación. Vimos cómo los cuerpos de los caídos eran entregados a los árboles a los que estuvieron unidos en vida. Un destino digno.
El reposo fue breve. Era como si todos los Malhadoths de Ilumaiya se hubieran puesto de acuerdo para cruzar a nuestras tierras. El Álamo fue víctima y testigo de eso, y los rastros apuntaban hacia la siguiente población río abajo.
—No había tiempo —dijo el Herthyr de la cicatriz, apretando la mandíbula—. Forzamos las monturas frescas del Alamo hasta que sus belfos y ollares espumaron. Nuestra esperanza era llegar a El Abeto antes que ninguna marea de escamas asolara aquel pácifico poblado.
La noche les sirvió de manto. Pensaron que habían superado aquella horda en formación y llegaron a El Abeto con la advertencia. La pequeña población, más acostumbrada a la siega que a la espada, no estaba preparada para una guerra de tal magnitud y también era una población ribereña con las malditas tierras de Ilumaiya.
—Decidimos evacuar —la voz del Herthyr se endureció—. Dirigimos a todos hacia el este, hacia La Haya, alejados del cauce del río y de la maldita frontera. Pensamos que los Malhadoths seguirían el Irkan hacia La Paulonia, ciegos en su avance. El Abeto se vació antes del amanecer.
Pero en el camino hacia La Haya encontraron algo inesperado: las huellas de Almalux y los suyos, cruzándose con un rastro más pequeño y más fresco. Los grupos se habían dividido. Un grupo de Malhadoths, separado de la horda principal, que parecía seguir directamente las huellas de sus camaradas.
—No podíamos abandonaros —gruñó uno.
—Dejamos a los refugiados bajo la protección de Thyr y fuimos a buscaros —declaró el segundo—. La Haya estaba alejada del rumbo de aquellas bestias, y sus gentes eran duros thyrianos. Nuestra presencia allí no tenía sentido.
La persecución fue incesante. Y no fue la única prueba del camino: desde las sombras de un barranco, una manada de Ampicanes —perros osos de colmillos como dagas— se abalanzó sobre ellos. El combate fue rápido y sucio. Los Herthyr, ya endurecidos por la muerte, no dudaron. Sus martillos y hachas cayeron con la contundencia de quien no tiene nada que perder. Cuando el último Ampicán cayó, el silencio volvió, roto solo por el jadeo de los guerreros.

—No habíamos tomado provisiones —dijo el Herthyr encogiéndose de hombros—. La carne de Ampicán, aunque correosa, nutre.
Todos rieron.
Nadie osó replicar. Con los nervios tensos como cuerdas de arco, reanudaron la marcha hasta que el horizonte estalló en un fulgor de acero salvaje: era el rastro de Don Almalux, que ahora cobraba vida en un torbellino de muerte. Cerca, Gwynet galopaba en círculos frenéticos, trazando arcos de sangre sobre la hierba esmeralda en lo que parecía un desesperado desafío. Pero, el verdadero horror permanecía oculto en los altos pastizales; el grueso de la horda de Malhadots se tensaba… como una serpiente de mil cabezas, lista para sepultar a los exhaustos guerreros bajo una marea de garras y colmillos.
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El relato concluyó. Don Almalux y Gwynet asimilaron la magnitud de lo que se cernía sobre Thyrkur: la horda no era accidental. Era una reunión, un llamamiento dirigido que, tras golpear Thyrken, había tomado una ruta fija, quizas hacia el sur profundo, o hacia La Paulonia.
El Caballero contempló los restos de los Malhadots esparcidos sobre la hierba ensangrentada, sopesando el destino con la frialdad del acero. Estaban en mitad de la nada, a jornadas de distancia de sus casas y sin un rumbo cierto. Pero en su mente, el deber dictaba el camino: aquel encuentro tan cerca de La Paulonia era una señal clara de peligro. Tenía que dar el aviso.
Podrían seguir el rastro principal, pero eran pocos, una mota de polvo frente a la marea que se gestaba en las orillas del río Irkan.
—¡Esto no ha sido más que un sangriento pasatiempo! —rugió Gwynet—. ¡Casi somos cazados mientras jugábamos a ser los cazadores!
Los Herthyr asintieron con una rudeza sombría.
—¡Si buscamos gloria, no habrá oro que alcance para pagarla, pero nuestro dios nos reservará los tronos más altos a su diestra!
—¿Qué pretendes, Herthyr? —interrogó Don Almalux.
—¡Es simple! ¡La Paulonia nos aguarda! —gritó ella, alzando su arco hacia el cielo mientras los demás aullaban como lobos—. Si no llegamos a tiempo, caeremos sobre su retaguardia por sorpresa. Y si logramos adelantarnos, prepararemos sus muros para la tormenta. ¡Por la gloria de Thyr!
—Entonces, cabalgaremos —asintió Don Almalux con una resignación pétrea, alzando su lanza en un gesto seco—. ¡A La Paulonia!
Sin más palabras, el grupo espoleó a sus bestias y se lanzó al galope. El sol, ya en su cenit, proyectaba sombras alargadas sobre la llanura, mientras el estruendo de los cascos se ahogaba en la inmensidad del indómito Thyrkur: una carrera desesperada contra el tiempo, contra la horda y contra el destino incierto de una ciudad sentenciada.
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