La Alpargata de mi Abuela

O: Cómo un calzado rural derrotó las leyes de la física, la causalidad y varios niños

Hay objetos en este mundo que trascienden su condición material. La espada Excalibur trasciende el acero. El Santo Grial trasciende el barro cocido. La alpargata de mi abuela trascendía, fundamentalmente, la alpargata.

Permítame el lector que me presente. Soy superviviente. No en el sentido moderno y edulcorado del término, ese que aparece en los documentales donde adultos fornidos lloran porque se les acabó la cobertura en la montaña. Superviviente en el sentido clásico: un niño de los años setenta que pasaba los veranos en un pueblo aragonés sin más protección que sus propias piernas y una capacidad de mentira que, con los años y pulida a conciencia, me habría hecho una fortuna en política.

Éramos, permítame la clasificación zoológica, una especie distinta a la actual. El niño de entonces era un organismo resistente, curtido por el sol, el polvo, el aburrimiento productivo y ocasionalmente por la gravedad, cuando las ramas de los árboles decidían no colaborar. No había pantallas que amortiguar los golpes, ni adultos sobrevolando nuestras cabezas como helicópteros ansiosos. Había calle. Había verano. Había tiempo, una cantidad obscena de tiempo, de esa que hoy nadie tiene y entonces nadie sabía qué hacer con ella salvo gastarla a manos llenas.

* Nota del autor: Los niños actuales, convenientemente envueltos en burbujas de poliestireno emocional, habrían necesitado terapia de grupo solo para procesar el primer día de aquel verano. Nosotros necesitábamos, como mucho, un trapo húmedo y olvidar lo ocurrido.

* * *

El pueblo era de mi madre. Pueblo de piedra, de calles torcidas que parecían diseñadas por alguien que odiaba a los carteros, de veranos con calor de fragua y de ese olor específico que solo existe en los pueblos: mezcla de tierra reseca, paja, algo animal indefinido y el perfume de alguien que está friendo cebolla en algún lugar imposiblemente cercano.

Y en el centro de aquel universo, como el sol alrededor del cual orbitaban todos los planetas del pueblo, estaba mi abuela.

Hablar de mi abuela requiere un instante de reverencia y un ajuste en las unidades de medida habituales. No era simplemente una mujer grande. Era grande en el sentido en que las catedrales son grandes: había en ella una solidez arquitectónica que sugería que no había sido construida por medios convencionales sino que había emergido directamente del terreno, como un fenómeno geológico con delantal.

Tenía una papada de tal envergadura que los naturalistas, de haberla estudiado, la habrían clasificado como ecosistema independiente. Sus brazos eran lo que ocurre cuando la naturaleza decide que los árboles son demasiado delicados y prueba con algo más robusto. Sus piernas, perfectamente verticales y sin concesiones a la geometría orgánica, evocaban las columnas de un templo dórico, si el templo dórico hubiera sido construido por alguien que necesitaba que el templo también fuera a buscar agua al pozo.

* Nota del autor: Años después, cuando de adulto le sacaba yo una cabeza entera, seguía teniéndola terror. Esto dice mucho de ella y probablemente algo preocupante de mí.

Era, en suma, una mujer enorme. No en talla. En todo lo demás.

* * *

Había enviudado cuando mi madre tenía ocho años. Un número que, pronunciado así, en abstracto, no transmite suficientemente el peso de lo que significa: ocho años, posguerra, un bar que mantener, hijos que alimentar, un mundo que en aquel momento no tenía excesivo interés en facilitar nada a las mujeres solas, y ella ahí, de pie, con sus brazos de secuoya y su delantal, decidiendo que el mundo iba a colaborar aunque no le apeteciera.

No había leyes que la ampararan. No había instituciones especialmente interesadas en su bienestar. Había ella. Y el bar. Y lo que había que hacer.

El bar era, técnicamente, un establecimiento de hostelería. En la práctica, era el centro neurálgico de la vida social del pueblo, el juzgado informal, la bolsa de trabajo, el casino, el restaurante, la posada ocasional y el único lugar donde los problemas del mundo podían resolverse a base de vino peleón y una partida de guiñote. Ella lo llevaba todo: la cocina, las cuentas, el mostrador, los borrachos, los conflictos vecinales que inevitablemente acababan en su mesa, y la autoridad moral sobre todo aquel perímetro y varios colindantes.

No necesitaba gritar. No necesitaba amenazar. Solo necesitaba existir en una determinada postura, con los brazos cruzados sobre el pecho como dos continentes que han decidido unirse, y el pueblo entero recalibraba inmediatamente su comportamiento.

Era una matriarca en el sentido más paleolítico y eficiente del término. Las feministas modernas, esas que escriben manifiestos en cafeterías de ciudades que no saben lo que es levantarse a las cinco para abrir el bar, la habrían coronado o la habrían temido. Probablemente las dos cosas, en ese orden.

* Nota del autor: Mi abuela no necesitaba que nadie le explicara lo que era la independencia económica, la resiliencia o el empoderamiento. Los practicaba desde antes de que existieran las palabras para nombrarlos. Esto la hacía, al mismo tiempo, admirable e impermeable a cualquier tipo de lástima.

* * *

Y entonces estaba la alpargata.

Debo ser preciso en la descripción porque la precisión importa cuando se habla de armas legendarias. Era una alpargata de suela de esparto, tela negra, negra de ese negro que va más allá del color y entra en la categoría de actitud. Había absorbido, en sus años de servicio activo, una cantidad de tierra del corral que habría bastado para plantar un huerto mediano. En aquellos corrales convivían cerdos, gallinas, conejos y otras entidades animales que, con su actividad biológica cotidiana, habían contribuido generosamente a la composición química de su suela.

Los tres dedos de mugre acumulada en aquella superficie no eran mugre ordinaria. Eran sedimento. Eran historia. Eran, en términos microbiológicos, un ecosistema tan complejo y diverso que los investigadores del Instituto Nacional de Salud habrían necesitado varios años y financiación europea para catalogarlo. Aquella suela contenía, con toda probabilidad, antígenos de enfermedades que no habían recibido todavía nombre oficial.

Y volaba.

Esto es lo que nunca ha podido explicarme la física. La alpargata de mi abuela volaba, y no solo eso: volvía. Con la puntualidad y precisión de un bumerán diseñado por alguien que hubiera estudiado trayectorias balísticas en una universidad de excelencia y luego decidido dedicarse a castigar nietos.

* Nota del autor: He consultado con dos físicos sobre este fenómeno. El primero dijo que era imposible. El segundo dijo que ‘debía haber alguna explicación’. Ninguno de los dos ha podido ofrecerla. La ciencia, en este punto, guarda un silencio elocuente.

* * *

El ritual tenía siempre la misma estructura, con la precisión inmutable de los ritos ancestrales.

Primero: el momento de la tentación. El mostrador del bar era un lugar de prodigios. Había bollos. Había pasteles de crema. Había, en los días de gloria, el Frigodedo o el mítico Drácula, ese helado de palo de color negro, supuesto sabor a coca cola y luego fresa y nata, que era, para nosotros, algo equivalente a lo que la ambrosía era para los dioses griegos: inalcanzable, deseable más allá de toda razón, y vagamente prohibido. Hoy en día pienso que aquel helado fue fruto de alguna confusión o un accidente que alguien arregló con un nombre resultón y de moda.

La lógica era sencilla: había comida. Yo tenía hambre. El mostrador estaba ahí. Mi abuela estaba, según mis cálculos, en algún lugar de la cocina o del comedor, atendiendo a cuatro mesas simultáneamente, regañando a un parroquiano que había perdido al dominó, cambiando un barril y resolviendo una disputa de lindes entre dos vecinos que llevaban veinte años sin hablarse. Era, en términos militares, el momento de máxima distracción del enemigo. Era, en términos del niño de ocho años que era yo, la oportunidad perfecta.

Segundo: el error de cálculo. Siempre había un error de cálculo. Porque ella estaba en todas partes. No como metáfora. Literalmente. Mi abuela poseía una ubicuidad que los santos tardan décadas de oración en alcanzar y que ella ejercía de forma natural y, aparentemente, sin esfuerzo.

Tercero: la aparición. Sin sonido previo. Sin advertencia. Sin ese mínimo de cortesía que supone anunciar la propia llegada. De la nada, como una deidad menor que ha decidido manifestarse precisamente en el momento más inconveniente, allí estaba. Con el delantal manchado. Con los brazos que eran troncos. Y con la alpargata en la mano, ya en posición de lanzamiento.

Cuarto: el vuelo.

He intentado muchas veces reconstruir la trayectoria con exactitud. Mis recuerdos coinciden en ciertos puntos invariables: partía de su mano a una velocidad que el ojo humano procesaba aproximadamente con un segundo de retraso respecto a la realidad, describía una trayectoria que desafiaba la física del momento, y llegaba. Siempre llegaba. A la nuca, principalmente, con una preferencia estadística tan marcada que sugería o bien entrenamiento específico o bien un don sobrenatural para la nuca concreta de su nieto.

Quinto: el regreso. Y aquí es donde la razón se rinde.

Porque cuando yo, tras recibir el impacto, me giraba con la dignidad herida propia de quien ha sido sorprendido en flagrante hurto de bollería, ella estaba allí. Con la alpargata. De nuevo en la mano. Entera. Con sus tres dedos de mugre intactos, como si el vuelo no hubiera alterado en absoluto la composición del ecosistema plantario.

* Nota del autor: He barajado varias hipótesis. La alpargata era un objeto cuántico que existía simultáneamente en su mano y en vuelo. Tenía un duplicado idéntico que mantenía escondido en el delantal. Simplemente las leyes de la física funcionan de manera diferente en los pueblos castellanos. Ninguna hipótesis me satisface completamente, pero la tercera es la que duermo mejor.

* * *

Las habilidades de esquiva que desarrollé aquel verano, y los siguientes, son probablemente mi logro físico más auténtico. Mejor que cualquier deporte reglado, cualquier gimnasio posterior o cualquier clase de defensa personal. Aprendí a leer el espacio, a calcular ángulos, a intuir el momento exacto en que la decisión de lanzar se tomaba, una fracción de segundo antes de que el brazo comenzara el movimiento.

Aprendí también que era inútil.

La alpargata llegaba de todas formas. No siempre en la trayectoria esperada. A veces describía curvas imposibles. A veces, juraría que cambiaba de dirección a mitad del vuelo, con esa voluntad propia que tienen los objetos que han sido utilizados durante suficientes años por alguien suficientemente decidido y han acabado absorbiendo algo de esa determinación.

La nuca era el destino más frecuente, sí. Pero también alcanzó, en distintas ocasiones y con precisión que ya quisieran para sí varios deportistas olímpicos, el hombro izquierdo, la pantorrilla, la espalda media y, en una ocasión memorable que prefiero no detallar, una zona que la anatomía llama con circunspección ‘región glútea’ y que mi abuela, presumo, consideraba igualmente válida como superficie de aterrizaje.

* Nota del autor: Nunca, en todos aquellos veranos, la alpargata falló. Ni una sola vez. Tampoco había, en ningún momento posterior al lanzamiento, la menor señal de remordimiento por parte de la lanzadora. Solo la mirada serena de quien ha administrado justicia conforme a los códigos que rigen el universo y puede permitirse la paz interior que eso proporciona.

* * *

Éramos inmortales, claro. Conviene aclararlo.

No en el sentido técnico. Éramos perfectamente mortales y lo demostramos con cierta frecuencia, como en el caso de la pedrada que me propinó el hijo del pastor y que me arrancó un fragmento de diente con una eficiencia que habría admirado a un odontólogo. O como en el caso de la caída desde el muro del cementerio, que resultó más alta de lo que parecía desde arriba, o en el caso del perro del Cándido, que era grande como un armario y tenía una opinión muy firme sobre los niños que cruzaban por su calle.

Pero éramos inmortales en el sentido de que ninguna de estas cosas nos mataba, y de que al día siguiente volvíamos a la calle, con el raspón remendado con lo que hubiera a mano y el diente ausente convertido en una historia que ya entonces intuíamos que duraría décadas.

La libertad de aquellos veranos era obscena, medida con los estándares actuales. De dos a diez de la noche, la calle era nuestra. El pueblo entero era nuestro. Los campos de alrededor eran nuestros. Solo existía una frontera real: la que marcaba la alpargata de mi abuela en un radio que, por mucha distancia que yo pusiera, nunca parecía suficiente.

El hijo del pastor, por cierto, aprendió ese verano lo que aprenden tarde o temprano todos los niños que arrojan piedras: que hay consecuencias. No usé una alpargata. Usé su propia piedra, con la técnica circular que había aprendido de observar el lanzamiento durante tantos veranos. La física es universal. Los maestros, a veces, ni saben que lo son.

* Nota del autor: No recomiendo este método de resolución de conflictos. Tampoco lo condeno. Éran otros tiempos, era otro lugar, y el hijo del pastor se lo había buscado con una dedicación que habría exigido cierto reconocimiento.

* * *

Han pasado muchos años. Los médicos que me han atendido a lo largo de mi vida siempre expresan cierta sorpresa ante mi historial de inmunizaciones. ‘Es usted muy resistente’, dicen, con esa mezcla de admiración clínica y perplejidad diagnóstica que adoptan cuando los resultados no encajan del todo con los modelos.

Yo asiento. No les explico lo de la alpargata.

No porque no crean en ella, sino porque la historia requeriría empezar por el principio, y el principio es un pueblo de verano, y un mostrador con bollos, y una mujer enorme con brazos de árbol y delantal de batallas, y un objeto de esparto y tela negra que desafiaba la física con la indiferencia majestuosa de quien no necesita que las leyes del universo estén de acuerdo con ella para funcionar.

Mi abuela está en la Gloria. El Dios Cristiano, ese que tiene el buen criterio de permitir la carne y solo se pone estricto en Cuaresma, tuvo a bien recibirla. Espero que esté sentada, que es lo que se merecía después de tantos años de pie. Espero que haya bollos. Y espero, con la certeza de quien lo sabe por experiencia directa, que si en el Paraíso hay nietos que roban del mostrador, haya también una alpargata cerca.

Por las dudas.

* * *

APÉNDICE TÉCNICO

Propiedades físicas de la Alpargata Proyectil Modelo Abuela (A.P.M.A.)

Material base: Esparto trenzado, tela de algodón negro (negro profundo, de los que no se decoloran ni con el tiempo ni con la vergüenza ajena).

Carga útil: 3 dedos de mugre orgánica estratificada de corral, composición variable pero constante en densidad. Microbiota clasificada como ‘compleja y posiblemente única en la historia de la humanidad’.

Alcance efectivo: Variable. Teóricamente limitado por la física. En la práctica, ilimitado.

Sistema de recuperación: Desconocido. No reproducible en laboratorio.

Efecto en el objetivo: Inmediato, preciso, y con una memoria a largo plazo que ha durado, en el caso del autor, décadas enteras.

Efectos secundarios documentados: Inmunización contra enfermedades varias, desarrollo de reflejos de evasión, humildad respecto a la bollería ajena, y una devoción póstuma por la lanzadora que ninguna otra arma habría podido generar.

Clasificación final: Leyenda. Patrimonio inmaterial de la humanidad. Objeto de culto menor. Mecanismo de educación moral más eficiente que cualquier libro de texto publicado con posterioridad.

* * *

FIN

(Todavía recuerdo aquel bollo, era una de esas cuñas de chocolate que parecían hechas para alimentar a un regimiento durante semanas, nunca más volví a ver ese tipo de bollería, sobre todo de ese tamaño y estaba buenísimo, por cierto. Valió la pena.)

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6 comentarios

  1. Pienso que todos teníamos una abuela así, incluso, en mi caso, mi propia madre. Claro que su alpargata tenía menos dedos de mugre. Más que nada porque vivíamos en un piso.

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