
La llegada del mes de Cernunshu ablandaba ya el barro de los caminos cuando aquel viajero cruzó el umbral de la Posada del Viajero, con el frío de las montañas todavía prendido a la capa. Se sentó junto al fuego sin decir palabra, y allí, entre el humo y el aroma del hidromiel, encontró a Ingvar dispuesto a llenarle la copa y los oídos. El posadero miró hacia la ventana, hacia las altas paredes verticales que se perdían más allá en las heladas alturas, y dejó que su voz tomara el ritmo antiguo de quien ha contado la misma clase de historia mil veces, aunque nunca la misma historia dos veces.
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Al norte de La Secuoya, donde la gran calzada de Thykar se deshace entre la hierba y el horizonte pierde nombre propio, se extienden las Praderas de los Clanes. Los que vivimos asentados llamamos Aveneros a cuantos allí viven, aunque bajo ese único nombre se agrupen docenas de pueblos que jamás se confunden entre sí. Cada clan guarda su propio fuego, su propio consejo de ancianos y su propia manera de leer el cielo. Dos veces al año, en verano y en invierno, acuden al Kisib Banda de las Colinas de Avena, donde intercambian ganado, noticias, rencores viejos y esposas nuevas.
Entre todos esos pueblos, pocos eran tan nombrados junto a las hogueras del Kisib Banda como el joven Clan Viento Plateado.
Llevaban el nombre por Sigeldo, su Gal Belur, nacido con un mechón de pelo plateado sobre la sien izquierda, extraño en un hombre moreno de ojos dorados. Los nómadas de las Praderas son así: bajos, nervudos, curtidos por el viento y el sol, con los ojos negros, castaños, dorados o verdes de quien nunca tuvo motivo para envidiar a los altos y rubios que guardan nuestras puertas. Sigeldo, sin embargo, cargaba aquel mechón como una marca propia, y desde niño se contaba entre las tiendas que cuando la luna se teñía de plata, sus sueños dejaban de ser sueños para convertirse en camino.

Contaba cuarenta y siete inviernos el día de esta historia, y seis esposas le habían dado más hijos de los que un solo hombre nombra de corrido sin equivocarse: seis varones adultos, cazadores y guerreros que sostenían la seguridad del clan con la lanza y el arco; quince hijas ya crecidas, la mayoría entregada a la siega del cereal salvaje, aunque alguna cazaba junto a sus hermanos con la misma sangre fría; y diez criaturas todavía pequeñas, tres varones y siete niñas, que correteaban entre las tiendas sin saber que su padre contaba cada nacimiento como quien cuenta monedas contra el hambre. Aquí, en La Secuoya los Ensi rezan cada primavera, en la Fiesta de la Polinización, para que nuestras mujeres conciban. En las Praderas de los Clanes nadie reza por eso: allí la tierra da hijos con la misma facilidad con que da avena, y el problema de Sigeldo era la escasez de hombres para llenar tantas tiendas, y de esposos para vaciarlas de solteras.
Por eso cada Kisib Banda era para Sigeldo una plegaria tanto como una feria. Ofrecía a sus hijas a cualquier thyriano capaz de demostrar lo que un padre nómada pide por su sangre: fuerza, honor, y la promesa de un hogar, aunque ese hogar tuviera raíces de piedra en La Secuoya en vez de ruedas de carreta. Soñaba con verlas asentadas, o con que se quedaran a su lado, criando a los hijos pequeños de sus propias madres. Llevaba ya dos convocatorias sin fortuna, y la impaciencia empezaba a pesarle tanto como los propios inviernos.
Solo una persona en el clan era más vieja que las quejas de Sigeldo: la Simug, a la que llamaban Vindra desde tiempos que nadie recordaba con certeza. Los clanes carecen de Ensi propios y jamás se vinculan a los árboles como nosotros, de manera que cuando la muerte llega a las Praderas, son las manos de la Simug las que preparan al difunto para las aves, en las torres de piedra o madera donde el cuerpo espera a que el cielo se lo lleve antes que la tierra. Por eso la palabra de Vindra pesaba en el clan más que la del propio Gal Belur en todo lo que tocara al alma. Se rumoreaba, en susurros que nadie confirmaba ni desmentía del todo, que estaba vinculada en secreto a algún arbusto tan viejo como ella misma, un lazo tardío que la dejó detenida en el tiempo desde entonces. Su edad era un misterio incluso para Sigeldo, y él prefería mantenerlo así.

Aquel verano, antes de que llegara el tiempo de la Guzug —la recogida de los caballos salvajes que los clanes venden a buen precio en nuestra población o donde más cerca les venga —, la luna se tiñó de plata tres noches seguidas, y Sigeldo tuvo la visión que llevaría a los suyos más cerca de la frontera de Ilumaiya de lo que el clan había estado jamás.
Guio a su gente hacia el oeste durante días, hasta una colina a menos de tres leguas del río Irkan, la corriente que separa las tierras thyrianas de la herida que los Nirdidu dejaron en el mundo hace eras. Allí encontraron caza como nadie recordaba: bisontes enormes que pastaban sin miedo, manadas enteras de caballos salvajes, y praderas de cereal silvestre sin segar, con las espigas más hinchadas de lo que ningún anciano Avenero había visto jamás. Por una vez, el hambre pareció un problema resuelto de antemano.

Vindra fue la única que no sonrió aquella tarde. Sentada aparte, con el caldero frío a su lado, notó que el viento soplaba sobre la colina sin doblar una sola brizna de hierba, aunque agitaba con fuerza la ropa de cuantos allí estaban. Aquel viento, dijo en voz baja a quien quiso escucharla, traía voces. Voces en una lengua que ningún thyriano, ningún nómada, ningún Nahashi había pronunciado jamás.
Gundahar y Aigulf, los dos hijos mayores de Sigeldo, Subu ambos y curtidos en el rastreo desde niños, se propusieron averiguar de dónde nacía aquel viento equivocado. Siguieron su origen hasta un barranco estrecho, escondido entre dos lomas que la propia colina ocultaba a la vista del campamento. Allí vieron las siluetas: negras, más altas que cualquier hombre, caminando en un silencio que ni el crujido de una piedra bajo el pie lograba quebrar. Primero las vieron recortadas contra el cielo, en lo alto del barranco. Después las vieron descender.

Gundahar y Aigulf las siguieron. Fue el último error que cometieron aquel verano.
Horas más tarde, cuando el sol ya se ponía y las hogueras del campamento empezaban a arder, los dos hermanos reaparecieron entre las tiendas. Venían desnudos, despojados de todo recuerdo del barranco, de las siluetas y de las horas perdidas entre uno y otro momento. Cada uno llevaba en la mano una jarra de metal ennegrecido, con restos de sangre ya seca en el borde. Cuando alguien se atrevió a examinarlos de cerca, encontró cortes limpios en ambas muñecas, y los labios de los dos hermanos manchados de esa misma sangre, como si la hubieran bebido directamente de su propio cuerpo.
Durante los días siguientes, Gundahar y Aigulf apenas hablaron y apenas comieron. Se movían por el campamento como sombras de sí mismos, vacíos de esa energía que empuja a cualquier thyriano a levantarse cada mañana. Ni los brebajes de Vindra, ni sus embrujos, ni sus plegarias a los espíritus del aire devolvieron el color a sus ojos hasta pasada casi una semana.
Aquel mismo día, Vindra prohibió a cualquiera del clan volver a acercarse al barranco. La explicación que dio fue la que todos habían visto ya con sus propios ojos, y nadie le pidió otra. La noticia corrió de fuego en fuego durante el Kisib Banda siguiente, de clan en clan, hasta que aquel lugar sin nombre propio se ganó uno que nadie ha vuelto a discutir: el Barranco Prohibido. Desde entonces, los Aveneros que cruzan las Colinas de Avena lo rodean con el mismo cuidado con que rodean un nido de víboras, y ningún Subu, por valiente que se crea, presume de haber vuelto a pisarlo.

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Ingvar se detuvo entonces, y dejó que el fuego llenara el silencio que él mismo había construido. El viajero, con la copa ya vacía entre las manos, esperó la última frase, porque sabía, como todo buen cliente de la Posada del Viajero, que Ingvar nunca cierra una historia sin dejar una brasa encendida para la siguiente.
—Dicen —añadió el posadero, bajando la voz como quien comparte un secreto que no le pertenece del todo— que este mismo año, algún Subu que se atrevió a caminar demasiado cerca del río Irkan, ha creído ver de nuevo tiendas junto a aquel barranco. Del Clan Viento Plateado, o de otro cualquiera, nadie sabría decirlo con certeza. Puede que solo sea un rumor, nacido del miedo y alimentado por el vino.
—Pero yo —terminó, alzando su propia copa hacia la ventana y las colinas invisibles tras ella— he oído ya mil historias junto a este fuego, y sé bien que los rumores de las Praderas de los Clanes rara vez nacen del todo vacíos.
Ingvar se recuesta frotándose la barriga mientras mira al viajero con una sonrisa bastante enigmática.
—Si alguna vez cruzas las Colinas de Avena y ves dos jarras de metal apoyadas junto a un sendero… no las toques.

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