Corre el ciclo 2202 tras el Nimb Rack.
Thyrken ha sobrevivido. Sus muertos son muchos. Sus cazadores, pocos. Pero los Malhadoths, engendros de Najásh con inteligencia que no debería pertenecerles, no huyeron tras el combate: marcharon hacia el sur con una precisión que hiela la sangre, como peones en un juego que ningún thyriano comprende aún.
D. Almalux, Caballero de la Orden, y Gwynet, Herthyr de arco certero, los siguen. No por gloria. No solo por oro.
Porque en el rastro de escamas y sangre que serpentea hacia el sur hay algo que ningún guerrero quiere encontrar: la evidencia de que alguien en las sombras mueve las piezas. Y que Thyrken fue apenas el primer movimiento.
El sol de la Era Eldiana, un disco de bronce fundido en los hornos primigenios, se arrastraba perezosamente sobre las colinas de Thyrkur. Una alfombra salvaje de hierba, gruesa y alta, se extendía como un mar esmeralda hasta donde alcanzaba la vista, rota solo por los oscuros abetos de montaña que se alzaban como centinelas silenciosas. Era un paisaje vasto e indómito, apto para la recia estirpe thyriana, pero cruel, despiadado con los débiles. La misma Tierra de Unah respiraba un aliento antiguo y brutal.
El sol de la Era Eldiana, un disco de bronce fundido en los hornos primigenios, se arrastraba perezosamente sobre las colinas de Thyrkur. Una alfombra salvaje de hierba, gruesa y alta, se extendía como un mar esmeralda hasta donde alcanzaba la vista, rota solo por los oscuros abetos de montaña que se alzaban como centinelas silenciosas. Era un paisaje vasto e indómito, apto para la recia estirpe thyriana, pero cruel, despiadado con los débiles. La misma Tierra de Unah respiraba un aliento antiguo y brutal.
El grupo, mermado y exhausto, cabalgaba sin palabras, apenas fantasmas cubiertos de sudor bajo el sol inclemente. La férrea disciplina del Caballero y la determinación pétrea del guerrero eran la argamasa que aún los mantenía en pie. D. Almalux de Thyrken, jinete inmóvil sobre la poderosa mole de su búfalo de montura, lucía una sobreveste cruda ya desfigurada por la sangre seca de bestias innombrables. Su postura era rígida, una torre de acero y fe en medio del desierto de la desesperación. Sobre su pecho, la insignia en rojo del Martillo de Thyr marcaba su posición en la Orden, y en su brazo izquierdo, el escudo cometa con el mismo emblema en rojo. La lanza corta, arma fundamental de su clase, descansaba lista en el estribo sujeta por su fuerte mano.
A su lado, cabalgaba Gwynet, la Herthyr, con la ligereza de una amazona nacida para la silla, a pesar de la pesada cota de malla con la que protegía su exuberante cuerpo de hembra thyriana. Su falcata curva pendía del cinto y el carcaj repleto de flechas con punta de afilado acero thyriano. Su rubio cabello recogido en una trenza que bajaba desde su claro rostro, curtido por los vientos implacables y el esfuerzo brutal, el cual, era una máscara de furia contenida, la de una loba que ha perdido a su camada y solo anhela la venganza. Los dos Herthyr restantes seguían a corta distancia sobre sus monturas, sus rostros tensos bajo los yelmos, sus manos aferradas a las empuñaduras de sus hachas.

La sombra de la muerte, densa y pegajosa, los había escoltado sin descanso durante varios interminables días.
El Caballero cerró los ojos por un instante, y la imagen regresó con la fuerza de un golpe de martillo en el cráneo, una puñalada helada en el alma.
Había sido en las cercanías de Thyrken, la grandiosa ciudad de piedra y oro que brillaba como una joya arrancada a la montaña, un baluarte de la humanidad frente a la barbarie primigenia. Pero incluso sus defensas más robustas habían sido inútiles. Los Malhadoths, esos saurios diabólicos, engendros de la Maldición de Najásh, habían penetrado las defensas exteriores, desatando una masacre de sangre fría entre los clanes recolectores y las familias de Mabzar que trabajaban en los campos del sur. No eran meras bestias errantes, impulsadas por el hambre ciega; era una manada coordinada, con una crueldad que rozaba la inteligencia demoníaca.

D. Almalux, entonces un joven recién nombrado Escudero Acólito de su Orden, con el fuego de la fe ardiendo en su pecho, había marchado con la mayoría de los Herthyr, guerreros voluntarios arrancados de Thyrken. Su misión: cortar de raíz la amenaza antes de que la sangre y el pánico gangrenaran los mismos cimientos de la ciudad. Gwynet, la más veterana entre ellos, que ofrecía su arco certero por un puñado de Magister de oro, había sido la primera en encontrar el rastro, leyendo las huellas en la tierra como un sacerdote lee las runas del destino.
El combate que siguió fue un infierno desatado.
Los Malhadoths, alzados sobre dos patas escamosas, superaban en altura a los thyrianos más fornidos. Sus zarpas, ganchos de hueso afilado, hendían el aire con silbidos mortales, buscando arrancar cabezas y extremidades, mientras sus mandíbulas, capaces de triturar el hueso más duro, se abrían en un alarido de hambre que resonaba en el infierno. Un hedor a reptil y carroña llenaba el aire, espeso como la niebla de un pantano.
En aquel caos primigenio, los Herthyr, casta de guerreros salvajes, combatieron con la ferocidad animal que corría por su sangre, un legado de Thyr grabada a fuego en sus almas. Dos de ellos, al ver caer a un compañero, con los intestinos esparcidos en la tierra, se vieron envueltos en la conocida Furia Thyriana que los caracterizaba. Sus cuerpos se hincharon, las venas se retorcieron como serpientes bajo la piel, y un vapor rojizo pareció emanar de ellos. A pesar de sus heridas mortales, se lanzaron contra la horda, un vendaval de cólera asesina. Sus hachas de guerra, armas que normalmente requerían dos manos para ser blandidas, volaban con una sola, segando la vida de las bestias con una fuerza sobrenatural. Era pura cólera, olvidada de toda defensa, pero eficaz en su brutalidad desquiciada.

D. Almalux, en contraste, se movía con la precisión fría del acero bendecido, un maestro de lanza y espada forjado en la disciplina. Aprovechaba el poder de su montura para apartar a las hordas de su camino, mientras atravesaba cuerpos con su lanza como si fuera una aguja quirúrgica. Tras varias cargas devastadoras, su búfalo exhausto, tuvo que descabalgar y hacer cantar su hoja que danzaba en la oscuridad creciente. Cada estocada apuntaba con exactitud quirúrgica a la unión de las escamas, a los ojos vidriosos, a la suave carne bajo la dura coraza. No era la rabia lo que lo movía, sino la fe inquebrantable y la Regla férrea que su Orden le había inculcado. Invocó la Bendición de Thyr, sintiendo una fuerza divina envolver su armadura, haciendo que los mordiscos y el veneno verdoso de las bestias resbalaran inofensivos sobre el metal sagrado.
Pero incluso la furia y la fe tienen límites crueles. Se perdieron la mayoría de los Herthyr en aquel encuentro, sus gritos silenciados por las fauces de los saurios. A pesar de todo, el ataque del Caballero y la carnicería desatada por los thyrianos enfurecidos consiguieron forzar una retirada temporal de las bestias, que se disiparon en la negrura de la noche, dejando tras de sí un campo sembrado de cadáveres y un silencio roto solo por el gemido de los moribundos.
El eco de aquel combate resonaba en la marcha presente, un tambor de guerra en sus sienes. Los pocos sobrevivientes —D. Almalux, Gwynet y apenas un par de Herthyr más— llevaban días siguiendo el rastro, bajo un sol mañanero que dibujaba sombras largas y engañosas sobre la hierba.
—No es natural —gruñó Gwynet, su voz como el gruñido de un lobo. Rompió el silencio con una rabia sorda—. El rastro que dejaron los muertos era de bestias corriendo, presas del pánico. El rastro de ahora… es el de una migración, de algo que se mueve con un propósito funesto. Y cada vez son más.
Gwynet, con su ojo de cazadora y su profundo respeto por la naturaleza salvaje, sabía que los Malhadoths solían dispersarse tras un gran festín de carne o una derrota. Pero estas criaturas se agrupaban, sus huellas se multiplicaban. La manada inicial de Thyrken se había unido a otras dos o tres, formando una marea de carne escamosa que se movía sin cesar hacia el sudeste, devorando a cualquier colono aislado que tuviera la mala fortuna de cruzarse en su camino.
D. Almalux, severo en su obediencia a la Orden, se resistía a aceptar la astucia diabólica de las bestias, pero el Caballero era también un hombre de conocimiento, un erudito en las artes de la guerra. Se inclinó sobre el lodo blando, examinando las huellas bípedas y escamosas de los saurios, y el nudo de fatalidad se apretó en su pecho.
—No son meros cazadores, Gwynet. Son un señuelo. Alguien, o algo, los está conduciendo a un lugar. Su objetivo no era solo Thyrken. Han evitado las grandes defensas y han apuntado hacia el sur, con una precisión escalofriante. El patrón es demasiado claro para ser una coincidencia.
El destino que marcaba el rastro era inequívoco: las bestias se dirigían hacia La Paulonia, un puesto lejano en el camino, que servía de escala hacia el extremo más austral de Thyrkur, donde se alzaba La Secoya. La maldición de Najásh no estaba siendo vengada de forma casual; estaba siendo dirigida por una voluntad oscura y maligna.
Gwynet miró a su alrededor. El entorno, verde y tranquilo, no hacía justicia al peligro inminente que sentía acercarse, como el sudor frío de un demonio en su nuca.
—Realmente odio a esos malditos reptiles —masculló de una manera poco femenina—. Pero la paga de nuestro Eiwafi está más que ganada.
El Caballero asintió, su rostro grave, una sombra de resignación mezclada con una voluntad de hierro. La disciplina de la Orden exigía proteger al pueblo thyriano de la sombra de los Sherets y la malignidad de Ilumaiya. Si esta horda coordinada llegaba a su destino, las consecuencias serían catastróficas, un apocalipsis reptante.
—Continuaremos la marcha —dijo Almalux, su voz una promesa pétrea—. Si Thyr está con nosotros, encontraremos a otros antes de que esta plaga reptante alcance La Paulonia. Si es un señuelo, la sombra de los Sherets y la malignidad de Ilumaiya se cernirá sobre nosotros. El juego de las abominaciones ancestrales acaba de empezar, y el campo de batalla será el sur.
Algunas quejas, apenas susurros en el viento, parecieron silenciarse por miedo a que los tacharan de cobardes, el peor insulto que se le podía lanzar a un thyriano de la bárbara Clase guerrera de los Herthyr. La promesa de una batalla inminente, de sangre derramada y gloria feroz, era un llamado superior a cualquier contrato, por muy cumplido que fuese.
El ambiente era de una quietud malsana, la calma chicha antes de la tormenta. La tensión se palpaba en la densa niebla matinal que se disipaba perezosamente, revelando las amenazas ocultas. Gwynet, cuya habilidad montada y ojo de águila eran superiores, fue la primera en sentir el cambio en el rastro, el ominoso silencio de la emboscada.
—Caballero —siseó, sujetando las riendas para detener su caballo con un tirón brusco—. Se detuvieron. Ya no es una huida; se congregan.
D. Almalux detuvo su búfalo. El patrón de la migración hacia el sudeste, en dirección a La Paulonia, confirmaba la astucia diabólica de las bestias. No eran cazadores; eran peones en un juego mortal, un señuelo dirigido.
El silencio se rompió con un alarido de pesadilla, un rugido gutural que hizo vibrar el aire. Tres Malhadoths, saurios de escamas aceitosas y fauces abiertas como trampas mortales, surgieron de la arboleda con la velocidad de un rayo, buscando rodear y separar a los jinetes.
Gwynet reaccionó con la velocidad que solo la experiencia otorga a una guerrera nacida para la batalla. En lugar de arrojarse a la refriega cuerpo a cuerpo, puso a su caballo en movimiento. Se convirtió en una sombra fugaz, un borrón que trazaba círculos alrededor de la bestia más cercana, tensando el arco con una furia fría. Las flechas silbaron en el aire, disparadas en una rápida sucesión, buscando los ojos de la criatura con una precisión sobrenatural. Un Malhadoth se alzó sobre sus patas traseras, para atacarla con un zarpazo de cola que podría partir un roble. Gwynet, sin desmontar, se inclinó lateralmente sobre la montura, evadiendo el golpe por un palmo, un parpadeo. Continuó el acoso, manteniendo la distancia, mientras sus proyectiles rasgaban la carne escamosa de los saurios, que siseaban de dolor y furia, incapaces de alcanzar a la ágil jinete.
D. Almalux fue el objetivo del Malhadoth líder, una bestia más grande y astuta. El Caballero enfrentó la acometida con la calma disciplinada de la Orden. Un chorro de veneno verdoso, espeso como bilis de dragón, impactó en su armadura. El Caballero, tuvo el tiempo suficiente para imbuirse con la Bendición de Thyr, la manifestación tangible de su fe, sintió cómo el veneno resbalaba inofensivo sobre el metal bendecido. Su armadura, aunque no fuera una pieza forjada por un Maestro Vana, resistía el ataque gracias a su devoción inquebrantable.
—¡Por Thyr! —rugió, y en lugar de la espada, desenvainó la lanza corta, una extensión mortal de su brazo.
El Caballero era un maestro del combate montado. Se lanzó hacia el Malhadoth utilizando la devastadora carga de caballería. La lanza, afianzada con fuerza contra su hombro y con el impulso furioso de la montura, golpeó a la bestia en el pecho. La punta de acero, afilada como la pena de un dios, penetró la coraza de escamas con un sonido espantoso, y el saurio, incapaz de resistir el impacto brutal de la carga, fue arrojado hacia atrás, rodando sobre el suelo con un estertor que se ahogó en su propia sangre.
Pero el combate era brutal, sin piedad ni honor. Otro Malhadoth, más rápido y cruel, mordió la pierna del Herthyr que cubría la retaguardia de Almalux. El grito del guerrero se cortó en un gorgoteo. Cayó de su caballo con un sonido sordo, y el Malhadoth, sin perder un instante, se lanzó a devorarlo en el mismo instante, pero, una flecha salida del endemoniado arco de Gwynet, atravesó el cráneo de la criatura por el ojo de lado a lado, evitando que el cadáver de su compañero fuera engullido por aquella bestia.
El Caballero giró su montura, desenfundando su espada para un combate más cercano, su corazón un tambor de muerte. Entonces lo vio: una veintena de Malhadoths, o más, surgían de la espesura, organizados por una hembra con una cresta rojiza que movía con cierta carencia enviando señales, una líder astuta y cruel. La horda avanzaba en pinza, un muro de dientes y garras, organizada y mortal. La disciplina de su Orden no podía vencer la cantidad. Su lanza y espada no eran rivales para esa marea viviente, esa blasfemia reptante. El Caballero supo que, a pesar de la fe inquebrantable, estaban perdidos.
Justo cuando el líder Malhadoth se preparaba para asestar el golpe mortal a D. Almalux, y Gwynet, con un grito de desafío en los labios, se arrojaba del caballo con su falcata lista para el combate final, el mundo estalló en un rugido de guerra que hizo temblar las colinas hasta sus cimientos.

Desde las sombras densas de los abetos, surgió una avalancha de thyrianos, espectros de furia. Eran gran parte de los Herthyr que D. Almalux había dado por muertos cerca de Thyrken, regresados de las fauces del olvido. Sus cuerpos, cubiertos de polvo y heridas antiguas, se movían con una fuerza descomunal, como si la muerte misma los hubiese imbuido de una energía infernal. Eran Herthyr invadidos por la temida Furia Thyriana, multiplicada por su renacimiento, por su ira más allá de la tumba. Blandían martillos de guerra de dos manos, herramientas de destrucción que manejaban con una sola mano, cargando sin formación, sin estrategia, directamente contra la densa masa de Malhadoths.
El choque fue una carnicería total, un grito primigenio de acero y carne. La Furia, pura cólera asesina y desquiciada, multiplicó la fuerza de los Herthyr hasta niveles terroríficos. El Malhadoth que atacaba a D. Almalux fue aplastado por el impacto devastador de un martillo, su cráneo explotando en una rociada de sesos. La horda, que buscaba una emboscada metódica, se encontró con una fuerza desquiciada que no entendía la táctica ni la retirada, solo la aniquilación. La matanza fue rápida, brutal, un vendaval de destrucción que dispersó a la manada en un torbellino de pánico.

Cuando el último saurio cayó, sus fauces cerradas para siempre en un rictus de dolor, D. Almalux y Gwynet, exhaustos, con el aliento jadeante y el corazón golpeando como un tambor, se acercaron a sus camaradas perdidos. El misterio de la horda dirigida se había complicado con el regreso inesperado de los caídos, de los que habían vencido a la muerte. El Caballero de Thyr, con un nudo de asombro y terror en la garganta, exigía respuestas, por Thyr, por la humanidad, por la mismísima lógica del mundo.
Los Herthyr, espectros de guerra, se agruparon en torno al Caballero D. Almalux y a la fría Gwynet. Sus ojos, profundos y extrañamente encendidos, miraban a sus compañeros con una intensidad que era tanto gratitud como el eco de una furia que trascendía la muerte.
—Nos arrastraron al sur —gruñó uno de ellos, su voz rasposa como piedras rodando, la primera que rompía el silencio forzado—. La carnicería en Thyrken… la horda nos cercó y nos empujó. Íbamos cayendo, uno a uno, mordidos, desgarrados. Pero Thyr tenía otros planes para nosotros. La ira nos alimentó, la sed de venganza nos mantuvo en pie.
Otro, con una cicatriz fresca que le cruzaba el rostro, añadió: —Encontramos una vía de escape, un hilo de esperanza en aquel infierno. El río Irkan, un viejo amigo, nos guio hacia el sur, hacia El Álamo. La esperanza era tenue, apenas una brasa en la oscuridad, de encontrar un respiro, quizás ayuda.
Pero la llegada a El Álamo no fue el refugio que anhelaban. El pequeño asentamiento rivereño, una empalizada de troncos robustos y fe inquebrantable, había sufrido ya la embestida de la marea sauriana. El perímetro del asentamiento era un campo de muerte, sembrado de cadáveres: thyrianos yacían junto a los Malhadoths, una ofrenda sangrienta a la crueldad de Unah. Pero los hijos de Thyr habían resistido, heroicamente, tras sus muros.
El Álamo, una pequeña población, apenas un fuerte, que se alimentaba de las necesidades de la descomunal ciudad de Thyrken, eran una serie de chozas construidas bajo un bosque de álamos rivereños al pie del ancho río Irkan y rodeada de una gran empalizada con una sola entrada.
—Nos sanaron las heridas, nos dieron cobijo —continuó el primer Herthyr, una sombra de gratitud en sus ojos febriles—. Y fuimos testigos de las ceremonias, de los ritos de desvinculación. Vimos cómo los cuerpos de los caídos eran entregados a los Árboles, a los que estaban unidos en vida. Un destino digno para los valientes.
Pero el reposo fue breve, un mero suspiro en la tormenta. El rastro de la horda que había atacado El Álamo se extendía hacia el sur, inconfundible. No era una retirada, sino una progresión metódica. El pánico se apoderó de sus entrañas cuando comprendieron la verdad: la horda iba a arrasar la siguiente población río abajo.

—No había tiempo para el descanso —dijo el Herthyr con la cicatriz, apretando la mandíbula—. Nos creíamos los únicos supervivientes del combate en Thyrken, por lo que nos vimos en la obligación de forzar los caballos hasta el límite, hasta que sus ijares espumaban sangre. Nuestra esperanza era llegar a El Abeto, el siguiente puesto, antes que la marea de escamas, y allí, quizás, cambiar las monturas agotadas.
La noche les sirvió de manto. Pudiendo adelantar a la gran horda, una serpiente oscura y sinuosa que se extendía por la orilla del río, llegaron a El Abeto, llevando consigo la advertencia del fin. La población, más acostumbrada a la siega que a la espada, menos belicosa que otras, no estaba preparada para una guerra de tal magnitud.
—Decidimos evacuar —la voz del Herthyr se endureció—. Dirigimos a todos hacia el este, hacia La Haya, una población más alejada del río Irkan. Pensamos que los Malhadoths, ciegos en su sed de sangre, seguirían el cauce del río hacia La Paulonia, ignorando nuestro desvío. El Abeto se vació, un pueblo fantasma bajo la luz de la luna.
Pero el destino, cruel y caprichoso, no había terminado de jugar sus cartas. En el camino hacia La Haya, bajo el velo engañoso del amanecer, encontraron nuevas huellas. Las de Almalux y los suyos, sí, pero también otras. Rastros frescos de Malhadoths, un grupo más pequeño, más rápido, que quizás los había seguido directamente desde Thyrken. La sospecha se grabó a fuego en sus mentes: una emboscada, un cuchillo en la oscuridad para los supervivientes.
—No podíamos abandonarlos —gruñó uno.
—Dejamos a los refugiados bajo la protección de Thyr y nos lanzamos a la búsqueda —declaró el segundo, su mirada fija en Almalux.
La persecución fue incesante, un martillo golpeando la fragua de su voluntad. Pero la furia del camino, el hambre que roía sus entrañas, se vieron interrumpidos por el aullido salvaje de una nueva amenaza. Desde las sombras de un barranco, una manada de Ampicanes, perros osos de colmillos como dagas y garras como garfios, se abalanzó sobre ellos, con los ojos inyectados en sangre y la espuma en los hocicos.
El combate fue rápido y brutal. Los Herthyr, ya endurecidos por la muerte y por la Furia, no dudaron. Sus martillos de guerra y hachas se levantaron y cayeron, desgarrando carne y quebrando huesos. Un Ampicán se lanzó contra uno de ellos, pero el Thyriano, con un gruñido gutural, desvió el ataque con el antebrazo blindado y partió el cráneo de la bestia con un golpe seco. Otro, intentando desmembrar con sus poderosas mandíbulas a uno de nuestros caballos encontró la furia hecha carne de su jinete, una hacha de dos manos, ahora empuñada sin apenas esfuerzo, cayó como un implacable martillo, partiendo en dos al osado Ampicán. Los Herthyr se movían como un torbellino de acero y furia, cada golpe cargado con la cólera de los caídos desmembraba a los cazadores que ahora eran cazados.

La matanza fue breve, pero sangrienta. Cuando el último Ampicán cayó con un gemido, el silencio volvió a asentarse, roto solo por el jadeo de los guerreros. Y entonces, la cruda realidad del camino se hizo evidente.
—No habíamos tomado provisiones —dijo el Herthyr, encogiéndose de hombros con la crudeza de un superviviente—. La carne de ampicán, aunque correosa, nutre.
Todos rieron. Por un instante, los instintos primordiales de los Herthyr afloraron en la celebración de aquella victoria rotunda. Los cuerpos de los perros-osos, aún tibios, fueron destripados con presteza. Su sangre nos pintó el rostro; danzamos el ritual ancestral de la victoria. La carne se convirtió en festín guerrero, un banquete feroz arrancado a la muerte. Vida era sangre y hierro; ellos, hijos de Thyr, encarnaban esa verdad. Con fuerzas renovadas por el enemigo devorado, reanudaron la marcha, siguiendo el rastro de la desgracia hacia el reencuentro con sus compañeros.
Finalmente, avistaron en el horizonte a D. Almalux, Gwynet, y la emboscada Malhadoth que estaba a punto de cerrarse sobre ellos. Su regreso, providencial y sangriento, se había completado justo en el momento en que la Bendición de Thyr del Caballero no era suficiente para contener la marea.
El relato del Herthyr concluyó. D. Almalux y Gwynet asimilaron la magnitud del desastre que se cernía sobre Thyrkur: la horda no era accidental, era una ofensiva dirigida que, tras fallar en Thyrken, había tomado una ruta fija hacia el sur profundo, hacia La Paulonia, y estaba siendo coordinada por elementos astutos.
El Caballero de la Orden de Thyr, D. Almalux, miró los restos destrozados de Malhadoths esparcidos por la hierba ensangrentada. La imagen de los Herthyr, sus camaradas que creía perdidos para siempre, de pie ante él, vivos, sus ojos encendidos con una Furia apenas contenida, se grabó en su mente. No habían vuelto de la tumba, como un momento de asombro le había sugerido, sino del infierno de la batalla, arrancados de las fauces de la muerte por su propio acero y una voluntad indomable. Su misión de cacería, una tarea de honor y acero contra una plaga, se había transformado, en un abrir y cerrar de ojos, en el frente desolado de una guerra total que amenazaba con devorar Thyrkur. El peso de la Orden, de su juramento inquebrantable a Thyr, oprimía sus jóvenes hombros de veintitrés años como una armadura de plomo, cada escama una responsabilidad.
Su mente, entrenada en la disciplina férrea de los Caballeros Defensores, sopesaba las opciones con la frialdad de un maestro herrero al forjar una espada, probando su temple en la brasa de la lógica. Un mensajero, solitario y rápido, ¿podría siquiera alcanzar La Paulonia antes de que la horda la engullera? La población estaba a apenas tres horas de cabalgada, un lapso de tiempo tan corto como el aliento de un moribundo. ¿Perder el rastro de la marea principal y dar caza a los saurios dispersos, buscando una venganza menor? Absurdo. Una distracción inútil. La verdadera serpiente, la horda principal, seguía arrastrándose hacia el sur, su destino, la Paulonia, sellado en su mente. ¿O la carga suicida que, lo sabía, hervía en la sangre de los Herthyr, impulsados por esa Furia que les había permitido sobrevivir al propio olvido de la muerte? Su corazón de guerrero sintió el tirón de esa cólera, la tentación visceral de morir matando en un torbellino de gloria y sangre, un fin digno de una saga.
Pero Almalux no era un bárbaro ciegamente sediento de sangre, a pesar del fuego que corría por sus propias venas thyrianas. Era un Defensor. Recordó El Álamo, ese pequeño puesto en el río, una simple empalizada de troncos roídos por el tiempo y el clima. Sus gentes, aunque mermadas, habían resistido el primer embate, habían aguantado el asalto de aquellos diabólicos saurios. Si El Álamo pudo resistir, una población más importante como La Paulonia, con sus defensas más robustas y la ventaja de una advertencia temprana, podría organizarse, podría defenderse. Tal vez incluso hacer retroceder a la horda. No era huida. Era estrategia. Era la única y brutal esperanza de evitar una masacre inútil, un derramamiento de sangre sin propósito que deshonraría a Thyr.
Se giró hacia el grupo, sus ojos barriendo los rostros curtidos de los Herthyr, aún temblorosos con la adrenalina de la matanza. Gwynet estaba allí, sus ojos salvajes y desconfiados, la falcata reluciente en su mano, lista para segar. Los otros tres Herthyr, sus cuerpos cubiertos de polvo y cicatrices, lo observaban con una mezcla de respeto ganado en la batalla y una impaciencia evidente, un ansia por la lucha que sentía vibrar en el aire.
—Escuchadme, hijos de Thyr —su voz resonó, clara y firme a pesar de su juventud, cortando el aire como un látigo hendiendo la carne—. La horda que acabamos de desbaratar era un señuelo, una punta de lanza para confundir y desgastar. La verdadera marea, la que siguió el rastro desde Thyrken y atacó El Álamo, esa serpiente de escamas avanza río abajo. Su objetivo es La Paulonia. Y si no los advertimos, caerán como ovejas ante el lobo, y su sangre manchará el nombre de Thyrkur.
Gwynet soltó una risa seca, un sonido áspero como guijarros chocando en un lecho de río seco. Se pasó una mano por el pelo revuelto, sucio de tierra y sangre seca, un gesto desafiante.
—¿Advertir? —escupió, con un tono burlón que apenas ocultaba la ferocidad de una loba acorralada—. ¿Así que el gran Caballero Defensor se convierte en mensajero, D. Almalux? Pensé que tu Orden blandía acero, no palabras huecas para infundir miedo. Mi arco y mi falcata están listos para la carne, no para una carrera de asustados. He venido por oro y por la emoción de la caza, no para llevar recados a cobardes.
Uno de los Herthyr, un gigante de barba hirsuta con una cicatriz que le dividía la ceja, asintió, su rostro severo. —La Furia nos alimenta, Caballero. Nos sacó del caos de Thyrken. El rastro de la horda es un camino de gloria, no de huida. ¿Qué honor hay en llegar al último, solo para ver el humo de la masacre y los huesos roídos? Luchamos hasta caer, no corremos.
Los otros dos Herthyr gruñeron su acuerdo, sus manos apretando las empuñaduras de sus martillos, deseosos de más sangre. La tentación de la carga directa era fuerte en ellos, el eco atávico de su Furia, de su improbable supervivencia. Almalux sintió la presión, el desafío implícito a su autoridad, a su juicio. Eran guerreros indomables, forjados en el fragor de la batalla, pero él era el Caballero, el estratega, el portador de la Regla que había de guiar sus espadas.
—Escuchadme bien, Herthyr —dijo Almalux, su voz ahora grave, teñida con la autoridad que le otorgaba su rango y la experiencia que sus pocos años contradecían. Su mirada se clavó en Gwynet, desafiándola, buscando su punto débil, su pragmatismo intrínseco—. Morir matando es el destino de muchos thyrianos, y un final glorioso si Thyr lo desea. Pero morir sin propósito, sin haber dado a vuestros hermanos una oportunidad, es la muerte del idiota, la ofrenda vana a los dioses oscuros. ¿De qué sirve vuestra Furia si, en vuestro heroísmo ciego, condenáis a todo un pueblo por vuestra prisa?
Hizo una pausa, permitiendo que sus palabras calaran como el acero frío.
—La Paulonia no es una aldea de pastores que se desmorona al primer golpe. Es un bastión importante, un nudo vital en el sur. Si la horda llega sin previo aviso, la masacre será total, sí. Pero si llegan a tiempo para levantar sus escudos, para alzar sus arcos y preparar sus lanzas… —su voz se endureció, sus ojos brillaron con una luz de acero indomable—. Entonces, Herthyr, tendréis la batalla que deseáis. Un campo de batalla donde vuestra Furia no será una luz fugaz que se apaga en la oscuridad, sino un infierno de sangre que diezmará a esos saurios por cientos. El Álamo, pequeño y aislado, resistió con valor. Imaginad lo que hará La Paulonia, advertida, con sus guerreros en pie de guerra.
Su mirada se volvió más fría, más imperiosa, buscando ahora el gancho del interés propio. —Y si deseáis oro, Gwynet, en un pueblo defendido es donde se repartirán las recompensas del saqueo, la carne y el botín. No entre los muertos que no pudieron protegerse, ni entre los fantasmas que lucharon una batalla que nunca tuvieron que librar. La Paulonia en pie os ofrecerá más botín que la Paulonia en ruinas, y vivos para disfrutarlo.
Gwynet torció el gesto, la burla desvaneciéndose de su rostro para dar paso a una consideración pragmática, el brillo del oro sopesándose contra la rabia. El Caballero tenía razón. Un pueblo en pie ofrecía más posibilidades de botín, de recompensas duraderas. Y la promesa de una matanza a gran escala, no una escaramuza desesperada, también resonaba en su espíritu salvaje, una batalla digna de su arco y su falcata.
—Demasiadas palabras para una decisión simple, Caballero —dijo ella, aunque el filo de su insolencia se había suavizado considerablemente, sustituido por el asentimiento de la lógica de la supervivencia—. Pero tus palabras huelen a verdad, aunque sean pronunciadas por un mozalbete. Si es para una matanza más grande, para una victoria que se saboree con el oro y no solo con la sangre, entonces sea. Pero que Thyr nos perdone si corremos por nada, y si llegamos y el pueblo ya arde, mi flecha encontrará tu corazón antes que el de cualquier reptil.
Los otros Herthyr, aunque aún con el fuego de la lucha en sus venas y el ansia de la Furia, asintieron. La lógica de Almalux, respaldada por su autoridad silenciosa y la promesa de una batalla digna, había prevalecido sobre el impetuoso deseo de la carga. La juventud del Caballero era un velo engañoso sobre una mente forjada en el deber.
—Entonces cabalgaremos —ordenó Almalux, levantando la lanza corta en un gesto de desafío a los cielos, a los dioses y al destino—. ¡A La Paulonia! ¡Por Thyr, y que el viento nos guíe, o que su furia impulse nuestros cascos!
Y sin más palabras, el mermado grupo, ahora con sus camaradas recuperados a su lado, espoleó a sus monturas, lanzándose al galope. El sol ya alto proyectaba sus largas sombras sobre la hierba, mientras el eco de sus cascos resonaba en el vasto e indómito Thyrkur, una carrera contra el tiempo, contra la horda reptante y contra el destino incierto de La Paulonia.

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