PRÓLOGO

La Era Antes del Diluvio

Olvida cuanto sabes de la historia del mundo.

Olvida los imperios que levantaron pirámides, las legiones que marcharon sobre calzadas de piedra, los filósofos que nombraron las estrellas. Olvida incluso los relatos más antiguos que el hombre conserva en pergamino o arcilla. Todo eso, toda esa vastedad que llamamos historia, es apenas el último suspiro de una era que llegó mucho, mucho después.

Lo que estás a punto de leer sucedió antes.

Mucho antes.

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Hubo un tiempo en que la Tierra aún recordaba el estruendo de la gran catástrofe. El momento en que el cielo se cerró sobre sí mismo y los señores de la era anterior —criaturas de escamas y hueso, de mandíbula colosal y paso que hacía temblar la piedra— fueron barridos de la faz del mundo como polvo ante tormenta. La tierra misma tardó eras en olvidar ese fuego. En sanar. En volver a respirar.

Pero la vida, obstinada y feroz como siempre ha sido, no esperó a que los dioses dieran su permiso. Mientras los últimos huesos de los grandes saurios se fosilizaban bajo capas de barro y tiempo, algo nuevo comenzaba a caminar sobre la tierra recién enfriada. Los mamíferos —criaturas de pelo y sangre caliente— heredaron un mundo que todavía olía a ceniza y azufre. Y entre ellos, lento al principio, torpe como todo lo que nace, surgió el hombre.

No el hombre que conoces. No aún.

Esto ocurrió en lo que los sabios thyrianos llamarían la Era Eldiana: el tiempo entre la gran extinción y el diluvio que vendría a borrar casi todo rastro de lo que existió antes. Una era tan antigua que ninguna historia la recuerda, ningún mito la nombra con precisión, ninguna tablilla de arcilla la registra. Una era que la humanidad posterior olvidaría tan completamente que terminaría por inventar dioses donde debería haber encontrado abuelos.

Porque los hombres que caminaron en la Era Eldiana no eran dioses.

Pero los dioses que la humanidad posterior adoraría eran, en su mayor parte, ellos.

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La primera de esas razas —la más antigua, la más cercana al origen— era conocida como Thyriana.

Su nombre no era capricho ni accidente. Lo llevaban como se lleva una deuda de sangre: con orgullo y con peso a partes iguales. Porque los thyrianos sabían, con la certeza que solo otorga la memoria viva transmitida de generación en generación, que no habían surgido del barro por azar ni de la voluntad ciega de la naturaleza. Habían sido creados. Forjados con intención. Arrancados del lodo primigenio de Umama por manos que conocían exactamente lo que estaban haciendo.

Esas manos pertenecían a Thyr.

Thyr no había nacido de la nada ni descendido del éter como los dioses de los cuentos. Había vivido. Había luchado. Había sangrado en guerras cuyo nombre se perdió antes de que ningún hombre supiera escribir. Y cuando venció —cuando sacrificó lo más preciado que tenía para destruir al gran dragón que sus enemigos arrojaron contra el mundo—, de esa victoria y de esa sangre derramada, mezclada con el lodo sagrado de Umama, surgieron los Thyrianos.

Ahora Thyr existía en un plano superior, más allá de la carne que había abandonado. Pero no había abandonado a sus hijos. Los escuchaba. Les respondía. Sus clérigos —los Ensi— podían invocarle en el Idioma Sagrado, las mismas palabras que él había usado para dar forma al mundo, y su favor llegaba real y tangible como el filo de una espada. No era un dios distante y sordo como los que vendrían después. Era un padre que aún recordaba lo que era sangrar.

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Pero no confundas lo que fueron con lo que serían.

Los Thyrianos de la Era Eldiana no eran los semidioses todopoderosos que los mitos posteriores describirían. En aquellos primeros tiempos se parecían más a los clanes que mucho después poblarían las costas del norte: gentes de hueso duro y voluntad más dura todavía, que construían sus poblados entre bosques de árboles tan antiguos que sus raíces guardaban secretos que ninguna lengua humana había articulado jamás. Árboles a los que cada thyriano quedaba vinculado desde el tercer día de su vida. Mientras el árbol viviera, el thyriano no envejecería. Era una gracia y una cadena a partes iguales.

Vivían en comunidades pequeñas, algunas permanentes, otras nómadas como el viento que seguía las manadas. Cultivaban lo suficiente. Cazaban lo necesario. Honraban a sus muertos con rituales que ningún sacerdote posterior reconocería.

Eran, en muchos aspectos, un pueblo que podría haber vivido en paz.

Podría haber.

Si no hubiera existido Ilumaiya. Y si la Gran Madre Eiwa —la primera mujer que Thyr arrancó del lodo de Umama, la que estuvo presente cuando todo comenzó y que aún vive, siglos después, como testigo de cosas que ningún hombre vivo puede recordar— no hubiera sabido desde el principio que la amenaza nunca se había ido del todo.

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Al oeste de Thyrkur había una frontera que ningún guerrero cruzaba voluntariamente. No porque lo prohibiera ninguna ley escrita, sino porque lo que regresaba del otro lado siempre regresaba cambiado. O no regresaba.

Ilumaiya.

Nadie sabía con certeza qué era aquel territorio. Sus fronteras naturales hacían de él un mundo aparte, una herida en la geografía del mundo por donde manaba algo que no debería existir bajo el sol de Thyr. Los Ensi más ancianos susurraban que era el lugar donde los fragmentos de un poder anterior al hombre habían caído, corrompiendo la tierra hasta sus huesos. Que lo que entraba con odio o miedo lo devolvía convertido en aquello que más temía.

Lo que sí sabían los thyrianos, con la certeza dolorosa que da la experiencia repetida durante generaciones, era esto: de Ilumaiya procedía el mal.

Lo que sí sabían los Thyrianos, con la certeza dolorosa que da la experiencia repetida durante generaciones, era esto: de Ilumaiya procedía el mal.

Siempre había procedido de allí.

Las hordas de criaturas que atacaban sus poblados en los peores inviernos. Los engendros que ningún nombre de animal conocido podía describir con exactitud. Los humanoides sin alma que destruían sin propósito aparente, sin estrategia, sin más objetivo que el daño mismo. Todo ello salía de Ilumaiya como el pus sale de una herida que no termina de cerrar.

Y de allí llegaron también los Malhadoths.

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Los Malhadoths eran reliquias de la era anterior, supervivientes del gran cataclismo que el destino o simplemente el fuego no había conseguido borrar del todo. Saurios bípedos de escamas oscuras como aceite derramado, alzados sobre dos patas con una gracia terrible que contradecía su masa y su ferocidad. Sus mandíbulas podían triturar hueso como ramas secas. Sus garras hendían el aire con silbidos que helaban la sangre. Y el veneno que secretaban —verdoso, espeso, de efectos devastadores incluso en pequeñas cantidades— podía paralizar a un guerrero thyriano antes de que tuviera tiempo de desenvainar, abrasando la carne desde dentro como brasas enterradas bajo la piel.

Pero lo que los hacía verdaderamente aterradores no era su veneno ni sus garras ni su tamaño.

Era que pensaban.

No como bestias hambrientas que atacan por instinto y huyen ante el fuego. Pensaban como cazadores que conocen a su presa, que estudian sus hábitos, que aguardan el momento preciso. Las hembras de cresta roja los guiaban mediante algo que ningún Gnomon ha podido explicar con palabras que no parezcan superstición: una coordinación silenciosa entre manadas separadas por valles enteros, como si una sola mente moviera a cientos de cuerpos. Una horda de Malhadoths no era una estampida de bestias.

Era un ejército.

Y alguien, en las sombras de Ilumaiya, había aprendido a enviarlos.

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Esta es la historia de uno de los días más largos que Thyrkur recordaría jamás.

La historia de hombres y mujeres que se levantaron por la mañana sin saber que antes de que el sol se pusiera, habrían perdido todo lo que creyeron que nunca podrían perder. La historia de guerreros que vendían su acero por un puñado de monedas y acabaron pagando con algo de mayor valor. La historia de clérigos que invocaban la luz y descubrieron que a veces la oscuridad es demasiado profunda para que la luz llegue al fondo.

La historia de una bruja inmortal que llevaba siglos entre ellos, sonriendo, esperando, tejiendo en silencio la red que terminaría por atrapar a todo un pueblo.

Conocerás a los Herthyr, guerreros libres que venden su acero al mejor postor y mueren por razones que ningún contrato estipula. A los Dewafi, élite forjada en disciplina y sangre divina. A los Ensi que caminan entre el favor de un dios y la oscuridad de lo que ese dios no puede alcanzar. A los Enki que juegan con fuerzas que no comprenden y ríen mientras el mundo arde a su alrededor. A los Subu, hombres que llevan la bestia dentro y la sueltan cuando la necesitan. A los Caballeros de la Orden, última muralla entre la civilización thyriana y el caos que empuja desde el oeste.

Los conocerás en acción. En el momento en que el metal canta y el honor se paga con carne.

Porque en la Era Eldiana, como en todas las eras que vinieron después, la historia no la escriben los que sobreviven.

La escriben los que merecen ser recordados.

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Bienvenido a Thyrkur.

Bienvenido a la era antediluviana donde los dioses aún sangran.

— De los Pergaminos de Thyr, compilados por los Ensi de La Secuoya, año 2202 del Nimb Rack

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4 comentarios

  1. Gracias por compartir este prólogo, me ha servido mucho para situarme entre nombres y conceptos que seguramente desarrollaste ya en la primera novela.

    Me ha faltado un poco de narrativa, ya que el texto se siente muy académico, como si fuera un manual de la Era Eldiana. Incluso en ocasiones me ha recordado al inicio de algunos capítulos de series largas, cuando resumen lo acontecido hasta el momento.

    Se te ha colado también el texto de IA para la imagen de los Malhadots contra los bárbaros cazadores.

    De momento, la información me parece interesante pero la forma de presentarla no sé si es la más adecuada. Veremos en próximas entregas.

    ¡Un saludo!

  2. Gracias David. Sobre todo por el aviso del texto generador de imágenes que se me ha «colado». Mi intención del prólogo era exactamente lo que mencionas. Se trata de un desarrollo muy amplio y rico, por lo que la idea es que el lector sienta que está ante algo grande y no una simple novela para pasar una tarde.
    La primera, sin embargo, te adelanto, que era justo una primera novela para pasar una tarde bajo la lluvia.

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