En el corazón de la zona noble de La Secuoya, donde la piedra se alza para desafiar el paso de los siglos, se encuentra el Castro que lleva el número 7 en el mapa general. Es una de las residencias más antiguas y venerables del asentamiento, un recordatorio de los tiempos en que los primeros clanes Dewafi juraron proteger este valle bajo la sombra de las secuoyas.

Lo que ven tus ojos: La Fortaleza Circular
Al acercarte, lo primero que impone es su arquitectura tradicional. A diferencia de las cabañas de madera de los artesanos, el Castro de Ektorp es una estructura de planta circular construida con piedra tosca y oscura, capaz de resistir tanto los inviernos de hierro como los asedios del caos.
Sobre su pesada puerta de roble, una placa de madera reclama la atención de todo transeúnte: el emblema del linaje. Es la «Roca Negra», la cabeza de un jabalí gigante de colmillos prominentes grabada sobre un campo rojo intenso. Para cualquier thyriano, ese símbolo habla de una hazaña legendaria de caza, aunque hoy, el estandarte que cuelga de los muros parece ondear con una pesadez distinta bajo el viento de la montaña.

El Aliento del Hogar
Si pasaras junto a su entrada al atardecer, percibirías el aroma constante de la leña de secuoya y el aceite de linaza. Por el centro de su techumbre de fibras vegetales, siempre escapa un hilo de humo que indica que el fuego sagrado central nunca se apaga. Es un hogar donde el crujido de la madera y el entrechocar del acero son los únicos sonidos que rompen un silencio que, desde esta mañana, se ha vuelto gélido.
Los que guardan el fuego
Cualquier habitante de La Secuoya conoce a quienes hoy custodian este bastión. Es común ver a Skalboda, la hija mayor, una guerrera de porte imponente y mirada de hierro que camina con la autoridad de quien está destinada a ser la próxima Dewafi de su sangre. Junto a ella, suele estar Gladhöjden, el administrador del castro, un hombre de hombros masivos y manos nudosas de carpintero que ganó su lugar entre la nobleza por su valor en las grandes tormentas.


A veces, se vislumbra a sus hijos: los jóvenes Herthyr que entrenan con hacha y lanza, buscando limpiar con el sudor de su frente lo que el destino ha empañado. Y, si tienes suerte o el día es gris, podrías ver a lo lejos a Ulfheim, el hijo mayor, ese joven de mirada salvaje que, según dicen los susurros del mercado, nació con el don de los lobos.



Un aire de incertidumbre
El Castro de Ektorp es una de las casas nobles de los famosos Dewafis, los guerreros de élite que han jurado dar su vida por el líder de la población. Pero este castro, es un lugar que toda La Secuoya observa con cautela. Las camas de los patriarcas están vacías y sus pieles retiradas. Es una casa de honor herido que lucha por demostrar que, bajo la piel del jabalí, todavía late el corazón de un auténtico defensor de Thyr.
Nota para el viajero: Si te acercas al Castro 7, hazlo con respeto. El orgullo de un Ektorp es tan duro como la piedra de sus muros, y aunque hoy atraviesen horas bajas, sus lanzas siguen estando tan afiladas como siempre.


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