En las entrañas de La Secuoya, donde el acero canta y la sangre hierve con leyendas, se alza la Posada del Viajero. Allí, el calor de la lumbre se entrelaza con el aroma embriagador del hidromiel y el estruendo de las carcajadas de aventureros curtidos. Es en este antro de gloria y remembranza donde hallarás a Ingvar, el primigenio Enhedum de la urbe y señor del establecimiento.
Su voz, tan familiar como el crepitar de los leños en el hogar, envuelve a los presentes en un manto de relatos verídicos que pulsan con la vida misma de la población. Cada anochecer, bajo el resplandor mortecino de los candiles, Ingvar transporta a su audiencia a través de las gestas épicas y los actos de bravura de los hijos e hijas de La Secuoya, convirtiendo la taberna en un santuario donde la crónica y la tradición palpitan con fuerza descomunal.
Ingvar es el custodio indomable de los anales de La Secuoya, un Enhedum que ha consagrado su existencia a la recolección y narración de los mitos y sagas de su estirpe. Su mente, afilada como el mejor acero vanario, atesora cada pormenor, cada fecha crucial y cada nombre inmortal, compartiéndolos con los trotamundos que se congregan para beber de su sabiduría. Sus narraciones son un espejo de la opulencia cultural y el arrojo inquebrantable del poblado, un recordatorio ardiente de que la historia es un legado que debe preservarse con el mismo celo con el que se guarda una espada heredada.
Busca a Ingvar en los rincones umbrosos de la Posada del Viajero, donde el humo de los guisos se arremolina como los espíritus de los héroes caídos. Allí, probarás la exclusiva bebida conocida como Savia de La Secuoya, mientras que, con el fuego de mil batallas en sus ojos, te desvelará los secretos y glorias de La Secuoya, haciendo que la sangre en tus venas hierva con el eco de hazañas pasadas y la promesa de aventuras por venir.
En los días antiguos, cuando otros Eiwafis gobernaban, se contaba la historia del sacrificio de Patrull por los viejos guerreros, con ojos nublados por el paso del tiempo, a los jóvenes sedientos de gloria.
Patrull, padre del actual Shirru Vallhorn, era uno de los temibles Dewafis de Dagbaris. En aquellos tiempos, cuando el poderoso Eiwafi Dagbaris aún respiraba el aire de este mundo, La Secuoya sufrió el azote de unas bestias salidas de las pesadillas más oscuras: los Malhadoths. Eran criaturas de colmillos afilados y garras mortales, tan inteligentes como feroces, con un odio innato hacia el pueblo thyriano.
La horda de Malhadoths cayó sobre La Secuoya como una tormenta de muerte. Ni siquiera el valor de Dagbaris y sus Dewafis pudo contener la marea de dientes y garras. Con el corazón pesado, el Eiwafi ordenó la retirada por el único camino que les quedaba: la senda escarpada que llevaba a la cascada del gran río Secuoya.
Los thyrianos, raza sin miedo, evitaban aquel lugar maldito. Se decía que en las sombras de la cascada moraba una bestia ancestral, un león cavernario de tamaño colosal y astucia demoníaca. Ni el más valiente de los Subu, ni el más diestro de los Dewafi, había logrado vencer a aquella criatura nacida de las pesadillas.
Pero el destino es caprichoso, y a veces la salvación yace en el corazón mismo del peligro. Dagbaris guió a sus hombres por el desfiladero, donde los Malhadoths solo podrían atacar de uno en uno. Los Dewafis, con músculos de acero y corazones de fuego, se prepararon para la batalla.
Al llegar a la cueva de la cascada, el destino mostró sus colmillos. Una sombra colosal se abalanzó sobre Dagbaris, pero Patrull, leal hasta la muerte, se interpuso entre su señor y la bestia. Hombre y monstruo rodaron por el sendero, adentrándose en las fauces de la caverna. Lo último que vieron los ojos atónitos de los guerreros fue a Patrull, atrapado en las mandíbulas del león como una muñeca de trapo.
Desde aquel día, ni el cuerpo de Patrull ni su martillo mágico han sido encontrados. Dagbaris, con su último aliento antes de unirse a sus ancestros al día siguiente, ordenó colocar una lápida en la entrada de la cueva, un testimonio eterno del valor de Patrull.
Hoy, cuando un Eiwafi desea evitar nombrar a un aspirante a Belur sin ofender a la población, les encomienda la tarea imposible de recuperar el martillo de Patrull. Muchos han perecido en el intento, y los pocos que han regresado lo han hecho con las manos vacías y el terror grabado en sus ojos.
Así es como se recuerda el sacrificio de Patrull en las tabernas de La Secuoya, un relato de valor y lealtad que perdura a través de las edades, susurrado por labios temblorosos y escuchado por oídos ávidos de leyendas.
En aquellos días posteriores a la terrible Batalla de las Manadas, La Secuoya, junto con sus bosques, yacía en luto. Los thyrianos habían perdido a muchos valientes, y entre los caídos estaba Gutkriegr, un Dewafi de lealtad inquebrantable y padre de Agen. El dolor de la pérdida resonaba en el corazón de la comunidad, mientras las cicatrices del combate marcaban la tierra y el espíritu de su gente.
Agen, con apenas dieciocho inviernos a sus espaldas, era conocido por su corazón noble y su generosidad. Mientras otros recurrían al acero para resolver los problemas, él veía más allá, buscando en la compasión una respuesta que pocos entendían. Pero su bondad no pasó desapercibida para Taranu, el nuevo Eiwafi, cuyo corazón estaba ennegrecido por la envidia. Temía que la luz de Agen opacara su propia gloria.
En una asamblea en el salón principal de La Secuoya, Taranu convocó a los hijos de los caídos para asignarles pruebas heroicas. Cuando llegó el turno de Agen, Taranu, con una sonrisa maliciosa, pronunció su sentencia:
—Agen, hijo de Gutkriegr, tu prueba será recuperar el martillo del legendario Patrull.
Los murmullos recorrieron la sala. El martillo de Patrull era una reliquia, y la leyenda contaba que quien intentara recuperarlo, enfrentaría a una bestia inmortal. Agen, sin inmutarse, aceptó:
—Traeré el martillo o moriré en el intento.
La mañana siguiente, al amanecer, Agen emprendió el camino hacia la cascada. El cielo se teñía de escarlata, como si los dioses mismos hubieran derramado su sangre sobre las nubes. A medida que el sendero se estrechaba, los vestigios de otros intentos fallidos comenzaron a aparecer: escudos rotos, huesos blanqueados por el sol, ecos de los que nunca regresaron. Sin embargo, Agen siguió avanzando, con el legado de su padre y la nobleza de su alma guiándolo.
Finalmente, llegó a la cueva oculta tras la cascada. El rugido del agua era ensordecedor, y la oscuridad dentro de la cueva, total. Agen desenvainó su espada, más por reflejo que por necesidad. Algo le decía que esta prueba sería diferente. Mientras se adentraba en la penumbra, una voz profunda y resonante lo detuvo:
—Vaya, vaya… Otro cordero que viene al matadero.
Agen, perplejo, buscó el origen de la voz. Y de las sombras surgieron dos ojos brillantes, como soles gemelos en la oscuridad. La figura del león apareció, imponente y majestuosa, su melena plateada ondulando como si el viento mismo la acariciara.
—¿Quién eres? —preguntó Agen, desconcertado—. Nunca había escuchado hablar a un león.
El león lo miró con curiosidad.
—Y yo nunca había encontrado a un hombre que me escuchara —replicó el león, su voz llena de sabiduría antigua—. Los humanos suelen atacar antes de preguntar, pero tú… tú eres diferente.
Agen, aún sorprendido, bajó su espada lentamente.
—¿Por qué hablas? ¿Eres una criatura maldita?
El león soltó una risa profunda que retumbó en las paredes de la cueva.
—No, joven thyriano. No estoy maldito, ni soy una bestia cualquiera. Mi nombre es Chronos, y soy el guardián de este lugar. He vivido por eones, y he visto a cientos de hombres venir aquí con sus espadas en alto, buscando gloria, solo para encontrar su final. Pero tú… tú no me has atacado. Dime, ¿por qué has venido?
Agen lo miró directamente a los ojos, con la determinación propia de su linaje.
—He venido a recuperar el martillo de Patrull. Pero no deseo lucha innecesaria, si hay una forma diferente de cumplir con mi misión.
Chronos inclinó la cabeza, sorprendido.
—Eres el primero que busca palabras en lugar de violencia —dijo el león—. Todos los que han venido antes de ti han levantado su espada sin pensarlo dos veces, creyendo que la fuerza lo resuelve todo. Pero tú… ¿por qué no luchas?
Agen bajó la mirada por un instante, reflexionando antes de hablar.
—La fuerza no siempre es la respuesta. He visto suficiente sufrimiento. Si puedo evitar más dolor, lo haré. No busco el martillo para ganar gloria o poder, sino porque es mi prueba, y mi palabra está empeñada.
El león guardó silencio por un momento, sus ojos ambarinos escrutando a Agen como si pudiera leer su alma.
—Eres sabio más allá de tus años, joven thyriano —dijo finalmente—. El martillo de Patrull ha sido guardado aquí , no porque sea una simple reliquia, sino porque simboliza algo más: el sacrificio, el valor, y también la responsabilidad. Aquellos que buscan obtenerlo por ambición han perecido bajo mi garra. Pero tú… tú has demostrado algo que no había visto en siglos: compasión.
Con un movimiento de su gigantesca pata, Chronos reveló el martillo, oculto entre las rocas.
—Llévalo contigo, Agen, hijo de Gutkriegr. Pero recuerda lo que has aprendido aquí hoy. La verdadera fuerza no reside en la violencia, sino en la sabiduría y la compasión.
Agen tomó el martillo con reverencia, sus ojos reflejando respeto hacia la gran bestia.
—Gracias, noble Chronos. Nunca olvidaré esta lección.
Chronos sonrió, mostrando sus colmillos blanquísimos.
—Ve ahora, joven thyriano. Y que esta sabiduría te guíe siempre.
Agen regresó a La Secuoya con el martillo en sus manos, pero lo más importante era lo que traía en su corazón. Ante la asamblea, narró su encuentro con Chronos y la lección que había aprendido. Sorprendiendo a todos, anunció que devolvería el martillo a la cueva, pues no le pertenecía. Aún así cuando volvió a la cascada, Chronos había desaparecido, quizás para siempre, por lo que el martillo formó parte de su blasón y de su arsenal desde entonces.
—El verdadero poder del martillo no está en su metal, sino en lo que simboliza: el valor de saber cuándo luchar y cuándo buscar la paz.
Ese día, Agen no solo fue nombrado héroe, sino también Belur, un título que simbolizaba la unión de la sabiduría y la fortaleza. En su blasón, un león y una secuoya se erguían como símbolos de lo aprendido.
Y así, la leyenda de Agen se ha cantado por todo thykur, no como el guerrero que recuperó el martillo, sino como el joven que descubrió que el verdadero poder reside en el corazón, en la compasión, y en la sabiduría de elegir el camino correcto, aun cuando la espada esté en la mano.
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El miedo, como bien saben los eruditos, tiene muchas texturas. Existe el miedo caliente y punzante de la lanza que se aproxima, y el miedo gélido de la soledad en una noche sin luna. Pero el que yo llegué a conocer era de una naturaleza distinta, un miedo seco y polvoriento, el miedo a un conocimiento tan antiguo que su sola existencia era una blasfemia contra el tiempo.
Mi nombre es Hannalill, y en otro tiempo fui una Ensi de la Edubba de La Secuoya, una copista cuyo mayor orgullo era la firmeza de mi pulso al transcribir las crónicas de los primeros Eiwafi. Mi mundo era el olor a pergamino viejo, la quietud de los archivos y la luz dorada del sol filtrándose por las altas ventanas de nuestra biblioteca.
Todo cambió el día que los Herthyr regresaron de una patrulla por las estribaciones de las Montañas Irkianas. Trajeron consigo el cuerpo de un Subu solitario, un cazador al que habían encontrado muerto, no por garras de bestia ni por herida de arma alguna, sino sentado contra una roca, con los ojos abiertos en una expresión de indecible asombro. En su zurrón de cuero, junto a hierbas secas y puntas de flecha, encontraron un fragmento de piedra.
No era como las Piedras de Dones, que irradian una calidez sagrada al tacto. Era una losa de basalto no más grande que mi mano, de un color negro que parecía absorber la luz. Sobre su superficie, grabados con una precisión inhumana, había una docena de glifos en Sherético antiguo. No el dialecto moderno y degenerado que usamos para descifrar los conjuros más básicos, sino la lengua primigenia, la del siseo. La lengua de los Sherets.
Por mi posición y mi habilidad con el Idioma Sagrado, se me encomendó la tarea de su estudio. Fue mi perdición.
Los primeros días fueron de un júbilo académico. Me encerré en los niveles más profundos de la Edubba, donde el silencio es tan denso que puedes oír el latido de tu propio corazón. El fragmento yacía sobre un paño de lino, frío al tacto. Las runas no parecían talladas, sino como si la propia piedra se hubiera retorcido para formarlas. No había ángulos rectos. Cada línea se curvaba de una manera sutilmente incorrecta, desafiando la geometría que nuestros ojos dan por sentada. Observarlas durante mucho tiempo provocaba una leve náusea, como mirar un abismo.
El primer indicio de que algo andaba mal fue el silencio. El Sherético es una lengua muerta, pero al estudiarla, la mente del erudito le insufla un eco de vida. Con otros textos, ese eco es neutro. Con este, el eco era un vacío. Las palabras no sugerían sonidos, sino la ausencia de sonido. Leerlas era como asomarse a un pozo de silencio absoluto. Por las noches, mis sueños se volvieron extraños. Soñaba con ciudades imposibles, construidas con ángulos que herían la vista, bajo un sol negro en un cielo del color de un hematoma. Me despertaba no gritando, sino con un silencio opresivo en mi garganta, incapaz de emitir sonido alguno durante varios minutos.
Mis colegas, los otros Ensi, notaron mi palidez, el rastro oscuro bajo mis ojos. El Padre Ensi me aconsejó que abandonara el estudio. «Hay conocimientos que son como un veneno, Hannalill «, me dijo. «No matan el cuerpo, sino el alma». Yo, en la arrogancia de mi erudición, lo consideré el recelo de un anciano.
La traducción avanzaba. No era una crónica ni un ritual. Era… un mapa. Peor aún, una lección de anatomía. Describía una criatura no con términos biológicos, sino con conceptos metafísicos. No hablaba de músculos y huesos, sino de «ejes de probabilidad» y «resonancia existencial». Hablaba de una forma de vida que no existía en el espacio, sino que imponía su existencia sobre él.
La palabra que se repetía, la que me causaba migrañas punzantes, no se traducía como «cuerpo» o «forma», sino como «intrusión».
Una noche, mientras trabajaba a la luz de una única lámpara, ocurrió. Estaba trazando uno de los glifos más complejos en mi pergamino de estudio. Al conectar la última línea, no sentí el clic mental de la comprensión, sino el estruendo de una presa que se rompe.
Por un instante infinitesimal, la lámpara no iluminó la sala. En su lugar, proyectó sombras que no eran mías. Sombras largas, delgadas y reptilianas que se movían con una vida propia, contorsionándose en las paredes como si buscaran una salida. El aire se volvió espeso y vibrante, cargado con el olor a ozono y a polvo de eones.
Y entonces lo entendí.
El Sherético no era un lenguaje para comunicar ideas. Era un lenguaje para imponer la realidad. No describía a los Sherets; los invocaba. Cada glifo era una instrucción, un fragmento de código cósmico que le decía a una pequeña porción del universo cómo dejar de ser él mismo y empezar a ser otra cosa.
Mi mente, al descifrarlo, no estaba traduciendo, estaba ejecutando un conjuro.
Miré el fragmento de piedra sobre la mesa. Ya no era negro. Por un segundo, vi a través de él. Vi un lugar más allá del tiempo, un plano de geometría imposible donde seres de una escala inimaginable se movían con la lentitud de las placas tectónicas. No vi monstruos de carne y hueso, sino ecuaciones vivientes, patrones de malevolencia pura que se alimentaban del tejido mismo de la posibilidad. Y uno de ellos, una mota infinitesimal de esa vasta y terrible conciencia, me devolvió la mirada a través de la piedra.
No sentí furia ni maldad. Sentí algo infinitamente peor: un frío y absoluto interés. Como el que yo sentiría por una hormiga que se arrastra sobre mi pergamino.
Grité. O creo que grité. El sonido no salió de mis labios, sino de cada rincón de la sala a la vez. Las sombras reptilianas se abalanzaron sobre la luz de la lámpara y la devoraron. En la oscuridad total que siguió, no estaba sola. La habitación estaba llena de siseos secos, y un pensamiento que no era el mío se deslizó en mi mente, no con palabras, sino como el tacto de escamas frías sobre mi alma:
«Así que por fin has abierto la puerta. Pequeña cosa. Nos preguntábamos cuánto tardaríais en volver a aprender a llamar.»
Ahora escribo esto a la luz de las velas, en mi propia habitación. He devuelto el fragmento a los archivos sellados. Pero el conocimiento, una vez adquirido, no puede ser olvidado. El sello de mi mente ha sido roto. A veces, cuando miro mi propia sombra, me parece que se alarga y se retuerce de una forma que no debería. A veces, en el silencio de la noche, oigo un siseo bajo el suelo. Y sé, con una certeza que me está devorando por dentro, que ellos no se han ido.
Simplemente, están esperando. Esperando a que otro erudito curioso encuentre la llave y, en su sed de saber, vuelva a girar la cerradura.
Tedobaco nació en los bosques limítrofes cercanos a Thyrken, en el noroeste. Era un Mardu libre que se ganaba la vida trabajando la madera y, ocasionalmente, cantando como Enhedum. Sus canciones estaban imbuidas de magia de encanto, lo que le causó numerosos conflictos con las mujeres del lugar y, sobre todo, con sus esposos. Por este motivo decidió abandonar la región y trasladarse hacia el sur.
Llegó a La Secuoya, donde durante un tiempo logró estabilidad. Allí se hizo un nombre tanto por su habilidad como carpintero como por las canciones que componía con su lira, basadas en las gestas que le relataban los guerreros del poblado. Con la intención de asentarse definitivamente, se propuso encontrar esposa.
Fue entonces cuando conoció a la que decía llamarse Sibila. Una joven voluptuosa y pelirroja procedente del Bosque de Melidu, cercano a La Secuoya que comerciaba con frutos melosos. Tedobaco se encaprichó de ella y mantuvieron una relación durante un tiempo. Aunque parecían enamorados, Sibila no le daba descendencia.
Siguiendo las costumbres thyrianas, y deseando tener descendencia —preferiblemente un varón al que transmitir el oficio de la madera, reservado entonces a los hombres—, Tedobaco tomó a otra mujer. Ante esto, Sibila, se enfureció y lo maldijo públicamente, declarando que jamás tendría descendencia masculina con ninguna mujer y que, de tener hijas, estas tampoco engendrarían varones mientras él viviera.
Tras pronunciar la maldición, Sibila fue expulsada del poblado por haber proferido tales deseos. Nunca más se la volvió a ver ni en el bosque, ni en la Secuoya. Dicen que se perdió en las Ciénagas del sur, aunque otros dicen, que de cuando alguien se adentra en aquellas ciénagas se encuentra a la sombra de lo que fue aquella mujer. Aún así, nadie puede asegurar lo que verdaderamente le aconteció.
Tedobaco no dio importancia inmediata a las palabras. Sin embargo, con su primera esposa llegó a tener diez hijas. Año tras año consultó a la Simug del poblado y a distintos Ensi, quienes coincidían en el diagnóstico: estaba bajo una maldición que no podía ser deshecha.
Con el tiempo, Tedobaco se abandonó a la bebida, consumiendo en exceso los alcoholes de la destilería de Othebol, y mantuvo relaciones con numerosas mujeres. Su conducta terminó provocando su expulsión definitiva del poblado.
Hace más de quinientos años, Tedobaco encontró un hogar en lo que hoy se conoce como el bosque de Vinol, dentro del Bosque Alegre. Allí descubrió unas bayas que crecían en lianas que ascendían por los árboles. Las llamó Vinol, pues en el lenguaje sagrado el término significaba “la que se enrolla”.
Conociendo los destilados que se elaboraban en Othebol a partir de diversas frutas, experimentó con el jugo de aquellas bayas y descubrió una nueva bebida: el vino. Con el tiempo, comenzó a venderlo en La Secuoya, donde su presencia fue tolerada de forma ocasional pese a su antiguo destierro, debido a la calidad única de sus vinos. Finalmente, el bosque terminó adoptando el nombre de Vinol.
A lo largo de los años, el lugar se convirtió en un punto de atracción para thyrianos que acudían en busca de trabajo, refugio o esposa. Tedobaco, fiel a sus antiguas costumbres y favorecido por sus cantos encantados y su vino, copulaba con toda mujer que se acercaba al bosque. De estas uniones nacieron numerosas hijas, que con el paso de los siglos llegaron a contarse por cientos. Muchas de ellas permanecieron en Vinol, mientras otras partieron junto a hombres que decidieron asentarse allí.
La maldición, sin embargo, jamás se rompió.
Fue durante esta etapa cuando Tedobaco conoció a Beluna, una Simug, hija de los Subu del bosque. Beluna, nunca fue esposa en el sentido thyriano, pero permaneció a su lado como compañera preferida dándole las hijas más hermosas que jamás había visto el pueblo thyriano. Según su visión, la maldición solo podría romperse de dos maneras: mediante el Amor Verdadero o con la muerte de quien la había pronunciado.
Beluna, de costumbres igualmente liberales, no trató de imponer ese amor ni de forzarlo. Permaneció junto a Tedobaco, confiando en que el tiempo y los vínculos tejidos en Vinol acabaran revelándolo. Sus hijas fueron conocidas por su extraordinaria belleza y por conservar la virginidad, lo que las convirtió en las más deseadas por quienes llegaban al bosque.
Con el paso del tiempo comenzaron a circular rumores inquietantes. Se decía que, en ocasiones, una mujer extraña lograba ganarse la confianza de las hijas más jóvenes de Tedobaco, incitándolas a celebrar antiguas fiestas paganas de adoración a animales del bosque y a copular con ellos.
De estas uniones prohibidas nacieron criaturas medio bestias, que debieron ser ocultadas en las cuevas de las colinas de la Hondonada de los Espíritus Malditos para evitar el repudio de su padre. Desde entonces, el bosque de Vinol se vio marcado por sucesos oscuros: desapariciones de doncellas, ataques nocturnos y violaciones atribuidas a bestias con forma humanoide. Nadie pudo jamás probar el origen de estos hechos, pero algunos susurran que la maldición nunca buscó extinguir un linaje, sino deformarlo… y que la sombra de Sibila jamás abandonó del todo aquellos bosques.
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